Louis Theroux: dentro de la manosfera

Daniel Sandoval
Kino-cine

Poco a poco, casos relacionados con la manosfera, la cultura incel y su vinculación con expresiones de extrema derecha y tendencias fascistas —visibles en países como Estados Unidos e Inglaterra— han comenzado a manifestarse también en México. Basta recordar los casos del CCH Sur de la UNAM, de la Facultad de Computación de la BUAP a finales del año pasado, y más recientemente el del Colegio Antón Makarenko en Michoacán. Estos episodios ya no pueden considerarse aislados: empiezan a inscribirse en la vida pública del país.
En su versión más superficial, la manosfera puede advertirse en gestos aparentemente inofensivos: dar “like” a contenidos como los de Andrew Tate, el Temach en México, o incluso considerar “graciosos” los videos del futbolista Javier Hernández sobre la necesidad de que las mujeres “recuperen su energía femenina”. En sus expresiones más extremas, sin embargo, estas narrativas pueden capitalizarse en violencia: intento de homicidio, acoso sexual, violación o feminicidio.
Aunque la organización Women’s Aid señaló que el documental Louis Theroux: Inside the Manosphere es “incómodo, pero absolutamente imprescindible de ver”, también ha recibido críticas por no incluir voces femeninas. Con todo, el largometraje expone una realidad acuciante que exige una reflexión profunda.
El documental sigue al periodista Louis Theroux mientras entrevista y convive con cinco creadores de contenido cuyas prácticas y discursos se inscriben en la manosfera. Son figuras con amplia presencia en redes sociales y, por lo tanto, con capacidad de influencia sobre un público predominantemente masculino, en su mayoría de entre 12 y 29 años. Durante más de hora y media, Theroux documenta su vida cotidiana: a qué se dedican, cómo generan ingresos y qué tipo de contenido producen. Sin embargo, el eje de fondo es claro: su definición de lo que significa “ser hombre”. A través de plataformas como Twitch, Instagram, YouTube o TikTok, estos creadores prescriben normas sobre comportamiento, vestimenta, aspiraciones económicas y, especialmente, sobre la manera en que los hombres deben relacionarse con las mujeres.
Es en este punto donde el documental exhibe la misoginia sin necesidad de enmarcarla teóricamente: simplemente la muestra. De ahí se desprende una conclusión inquietante: estas expresiones no son marginales, sino que se insertan en prácticas culturales normalizadas. No es casual que varios de los entrevistados manifiesten simpatía por Donald Trump, promuevan teorías conspirativas como el “nuevo orden mundial” o difundan discursos antisemitas. Lo que en apariencia podría parecer contenido “provocador” o “transgresor” forma parte de un entramado ideológico más amplio.
Un rasgo común que emerge es la gestión agresiva del miedo y la vulnerabilidad. La pérdida de un padre, el suicidio de un ser querido o el rechazo social son experiencias que estos hombres traducen en discursos de fuerza y dominación. En este sentido, podría afirmarse que un componente central de la identidad incel es el rechazo de la vulnerabilidad. Pero ese rechazo no es neutro: se transforma en exaltación de la hombría entendida como superioridad, virilidad y conquista, donde valores como la fuerza y el control sustituyen cualquier forma de fragilidad.
Así, el documental no se limita a exhibir personajes extravagantes. Al mostrar la cultura incel en su cotidianidad, la presenta como un conjunto de prácticas que pueden resultar seductoras para adolescentes y jóvenes, normalizando patrones de conducta que se insertan silenciosamente en la vida diaria.

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