Por José Alfredo Ramírez Orduña
En México se encuentra de todo. Una cultura atractiva para gran parte del mundo, pero al mismo tiempo cuestionada por sus propias contradicciones. Nuestro país, ampliamente diverso y rico en tradiciones, comparte múltiples rasgos con otras naciones latinoamericanas; sin embargo, como nuestra política no hay dos.
En este tema convergen intereses y diversos puntos de vista. Por una parte, el rechazo hacia la política es común y no precisamente reciente. A lo largo de muchos años, gran parte de la ciudadanía manifestó su desconfianza por la percepción de corrupción, impunidad y desconexión de los partidos con los problemas reales. Para las generaciones que han perdido el interés en la actualidad y no se sorprenden de sus novedades, refieren que la política no mejora su vida cotidiana y que los políticos buscan beneficios propios más que el bienestar colectivo, lo que los lleva a evitar profundizar en sus detalles.
Por otro sentido, es innegable que como seres sociales la política forma parte de nuestra esencia. Nos interesa porque en ella se juega nuestra libertad, nuestra dignidad y nuestra seguridad. La política es el foro donde se visibilizan tanto los aciertos como el sufrimiento social; la influencia que trasciende en la economía, en las instituciones y en la vida diaria.
Conviene destacar que la política no es exclusiva de los partidos políticos. Cada interacción humana implica un intercambio de ideas con un propósito, y en ello reside su carácter político. Por ello, resulta una fortuna saber comunicarse correctamente. Que la intención del mensaje que recibe otra persona fue correctamente interpretada en el canal y el medio por el que el emisor lo envió. Sin exageración ni indiferencia; sin drama ni desidia. La política no es un juego, pero quien no sabe darse a entender, pierde.
La política despierta interés porque permite que cada individuo influya en decisiones que afectan a la colectividad. Articula símbolos, narrativas y proyectos comunes que generan puntos de encuentro y un sentido de pertenencia. Sin embargo, cuando se percibe incapaz de mejorar la movilidad social, o se reduce a la incongruencia y al absurdo, pierde autenticidad, con un crédito que tarda años en recuperarse.
Asimismo, la globalización ha provocado que la moral internacional sea más crítica y que tienda a condenar actos con mayor frecuencia. Su eficacia es un tema para otra ocasión, pero es necesario distinguir que México se ha convertido en el referente del ejemplo y el contraejemplo. Auténticamente, la dinámica social y política mexicana es objeto de estudio en varios simposios de reconocidos liberales demócratas, siendo uno de los más recurrentes la preservación del poder por parte de un partido hegemónico.
El poder, en definitiva, se ejerce. Sin recurrir a juicios morales, esta es la respuesta más sincera por la que la política es un deseo y un debate. En su forma más simple, el poder puede usarse para dominar o para liberar. En influir sobre decisiones ajenas.
Se concluye considerando que se pierde con mayor facilidad de lo que se gana y evitar practicarlo es desperdiciarlo. Queda inerte y abandonado, como un olvidado baúl de los recuerdos.
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