Ideas en Territorio
Por Raúl Contreras
Hay profesiones para las que nadie pensaría que basta con tener ganas.
No imaginamos a un médico entrando a un quirófano para aprender mientras opera, ni a un piloto tomando los controles de un avión sin saber cómo hacerlo. Tampoco contrataríamos a un ingeniero para construir un puente únicamente porque es una persona popular o porque tiene una gran cantidad de seguidores.
En política, en cambio, hemos terminado aceptando algo que debería preocuparnos mucho más: que una persona pueda llegar a una responsabilidad pública sin contar con la preparación necesaria para ejercerla y que, una vez ahí, tenga que aprender sobre la marcha.
No hablo de que todos los políticos tengan que estudiar la misma carrera o tener un doctorado. Hablo de algo mucho más básico: que quien aspire a gobernar entienda lo que significa realmente gobernar.
México necesita políticos preparados, no solamente candidatos capaces de ganar una elección, sino personas que conozcan de políticas públicas, finanzas, economía, relaciones internacionales, seguridad, administración, derecho, negociación y manejo de crisis. Personas que sepan cómo funciona el sistema mexicano y que entiendan que cada decisión de gobierno tiene consecuencias que van mucho más allá de una conferencia de prensa o una publicación en redes sociales.
Hoy parece que hemos confundido popularidad con capacidad.
Cada vez es más común encontrar en la política a personas que antes fueron conocidas por otras razones: locutores, actores, cantantes, deportistas, influencers, personajes de televisión o figuras de internet. Seamos muy claros: el problema no es su profesión de origen. Una persona puede venir del entretenimiento, del deporte, de la iniciativa privada o de cualquier otra actividad y convertirse en un excelente servidor público. El problema aparece cuando se pretende que la popularidad sustituya la preparación y que ganar votos les enseñe a administrar un presupuesto.
Tener seguidores no enseña a diseñar una política pública, ser conocido no prepara para una negociación internacional y comunicar frente a una cámara no significa saber qué hacer cuando un municipio enfrenta una crisis de seguridad, cuando las finanzas no alcanzan o cuando una decisión puede comprometer recursos públicos durante años.
La política tiene una parte electoral, pero gobernar es otra cosa. El aprender durante el cargo es uno de los errores que más caro le está costando a México: pensamos demasiado en quién puede ganar y muy poco en quién está preparado para ejercer el cargo después de ganar.
A esto se suma una práctica que tampoco debería parecernos normal: que los gobiernos designen responsabilidades importantes por cercanía política, lealtades personales o compromisos de campaña.
El amigo de la infancia, el que acompañó durante toda la campaña, el que aportó recursos, el operador que ayudó a conseguir votos, el colaborador de confianza, etc.
Todos pueden tener un lugar en un gobierno, pero primero deberían preguntarles si son las personas más capaces para la responsabilidad que van a asumir, porque una Secretaría de Economía no es un premio, una tesorería municipal tampoco, una Secretaría de Energía, de Seguridad, de Infraestructura o de Medio Ambiente requiere conocimientos específicos.
Y mientras nosotros seguimos discutiendo a quién le corresponde el puesto, otros países llevan años construyendo mecanismos para formar y aprovechar especialistas dentro del Estado.
Emiratos Árabes Unidos es un ejemplo interesante. En 2019 lanzó el National Experts Programme, cuyo objetivo era formar una nueva generación de especialistas nacionales en sectores considerados estratégicos. El programa reunió participantes de áreas como desarrollo económico, infraestructura y medio ambiente, seguridad y asuntos internacionales, con capacitación, mentoría y proyectos especializados. (Ministerio de Asuntos Exteriores de Emiratos Árabes Unidos, 2019.)
La idea es sencilla: si un país quiere resolver problemas cada vez más complejos, necesita personas capaces de entenderlos.
Singapur sigue una lógica parecida. Su servicio público utiliza marcos de competencias para reclutar y desarrollar funcionarios y, en áreas técnicas como ingeniería, contabilidad o derecho, reconoce que se requieren conocimientos y credenciales profesionales específicos. Además, la selección considera experiencia, capacidades y desempeño, no solamente títulos académicos. (Public Service Division, Prime Minister’s Office, Singapore.)
No se trata de copiar esos modelos. Cada país tiene su propia historia, instituciones y circunstancias pero si podemos tropicalizarlos. Sí deberíamos aprender de un principio muy sencillo: el Estado necesita conocimiento especializado, y México lo sabe.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), lleva años señalando la necesidad de fortalecer la profesionalización del servicio público mexicano y de avanzar hacia sistemas que consideren competencias, experiencia y mérito. También ha advertido que las capacidades del gobierno deben estar alineadas con sus objetivos estratégicos para mejorar la calidad de las políticas públicas. (OCDE, Towards More Effective and Dynamic Public Management in Mexico, 2011.)
Entonces el problema no es que no sepamos qué necesitamos, el problema es que todavía no hemos conseguido que esa idea pese lo suficiente cuando llega el momento de repartir responsabilidades.
Por eso la política también tiene que hacerse responsable de sí misma.
No podemos seguir justificando que alguien llegue a un cargo sin saber cómo funciona y después decir que necesita tiempo para aprender, porque ese tiempo no lo paga el funcionario, ¡lo paga la gente!. Lo paga el ciudadano cuando una administración no sabe gastar correctamente, cuando una obra se planea mal, cuando una política pública no funciona, cuando se aprueba una reforma sin medir sus consecuencias, cuando un legislador vota simplemente porque su grupo parlamentario se lo pidió, sin estudiar realmente aquello que está aprobando.
Y lo paga también cuando quienes llegaron al poder descubren que el cargo les sirve más para mantener presencia en redes, conservar y gozar privilegios que solo les da el poder o construir su siguiente candidatura que para resolver los problemas por los que fueron elegidos.
La política debería exigir mucho más, no necesariamente títulos sino preparación, no necesariamente políticos de una sola escuela sino experiencia y capacidad, no necesariamente personas que hayan vivido toda su vida dentro de un partido pero sí personas que entiendan la responsabilidad que están asumiendo.
México necesita una nueva cultura política en la que prepararse para gobernar sea tan importante como prepararse para ganar una elección. Porque una elección dura un día pero las decisiones de gobierno pueden durar décadas.
Por eso antes de volver a preguntarnos quién tiene más seguidores, quién es más conocido o quién puede conseguir más votos, deberíamos empezar a analizar a todos los candidatos y estudiar quién está realmente preparado para gobernar.
Recordemos que gobernar un país, un estado o un municipio exige algo que ningún algoritmo puede sustituir: conocimiento, experiencia, criterio y responsabilidad y no solo tener votación.
México no necesita políticos de afición, necesita políticos preparados y de profesión.
