¿Mexicanos Precavidos? O Simplemente… ¿Aprendimos a Vivir con Miedo?

Ideas en Territorio
Raúl Contreras

Hace algunos años, cuando alguien salía de viaje por carretera, sus principales preocupaciones eran bastante simples: revisar las llantas, el aceite, la gasolina y asegurarse de que el automóvil estuviera listo para llegar al destino.

Hoy la pregunta muchas veces es otra:

¿A qué hora salimos?

¿Será mejor evitar esa carretera?

¿Habrá retenes?

¿Habrá asaltos?

¿Conviene viajar de día?

Parece un detalle menor, pero no lo es, porque habla de algo mucho más profundo: de cómo la inseguridad ha cambiado la manera en la que los mexicanos vivimos nuestra vida cotidiana.

El mexicano se volvió precavido por obligación no porque haya dejado de disfrutar, no porque quiera vivir con miedo, sino porque aprendió que hay decisiones que antes no tenía que tomar y que hoy forman parte de su rutina.

Antes uno pensaba en llegar rápido, hoy piensa en llegar seguro. Antes uno planeaba un viaje por distancia y tiempo, hoy también piensa en riesgos. Antes un padre preguntaba a qué hora regresaría su hijo, hoy muchos padres esperan además de un mensaje, una ubicación compartida o una confirmación de que llegó bien. Antes dejar un automóvil estacionado era parte de la rutina, hoy muchas personas también piensan dónde dejarlo, cuánto tiempo y qué tan seguro será el lugar y no lo encuentren sin llantas o sin piezas.

Eso es lo que pocas veces medimos cuando hablamos de inseguridad. No solamente son las cifras, también son los cambios silenciosos que ocurren dentro de una sociedad.

La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) del INEGI ha mostrado durante años que la inseguridad modifica las actividades y hábitos de millones de mexicanos. El miedo al delito no solamente está relacionado con ser víctima de un hecho, sino con la forma en que las personas toman decisiones todos los días.

Hoy, quizá ese sea uno de los problemas más grandes, que poco a poco nos acostumbramos. Nos acostumbramos a escuchar sobre violencia, a ver una noticia de corrupción y pasar a la siguiente, a escuchar historias de desapariciones, extorsiones o robos y continuar con nuestra rutina.

No porque no nos importe, sino porque la cantidad de problemas es tan grande que muchas veces la indignación dura lo mismo que una publicación en redes sociales.

Y es aquí donde veo la paradoja de nuestro tiempo y una de las grandes contradicciones de nuestra época.

Nunca habíamos estado tan informados, ni habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos ni nunca había sido tan sencillo hacer visible un problema. Hoy una denuncia puede llegar a miles de personas en minutos. Un video puede abrir una conversación nacional y una noticia puede recorrer el país desde un teléfono celular.

Somos la generación más conectada de la historia pero también somos una generación que enfrenta una pregunta difícil:

¿Por qué, teniendo más herramientas que nunca para comunicarnos, parece que cada vez nos cuesta más organizarnos y participar fuera de una pantalla?

Pensamos que comentar siempre es participar, que compartir siempre es involucrarse. Una reacción en redes puede mostrar indignación, pero una sociedad cambia cuando esa preocupación se convierte en diálogo, organización, propuestas y participación ciudadana.

Esto es interesante cuando volteamos a ver nuestra propia historia.

La Independencia de México, la Revolución Mexicana y otros movimientos sociales ocurrieron en épocas donde no existía internet, no había teléfonos inteligentes y no había redes sociales.

Las personas no tenían millones de seguidores, tenían convicciones, tenían organización, tenían la capacidad de encontrarse y construir acuerdos.

Hoy tenemos herramientas que aquellos mexicanos jamás imaginaron, pero también enfrentamos un nuevo reto: aprender a utilizarlas para algo más que expresar una opinión momentánea.

Sin embargo, tampoco creo que la explicación sea simplemente la apatía, sería muy fácil decir que los ciudadanos no participan porque no les interesa.

Yo opino que quizá la realidad es más compleja, también hay cansancio.

Hay millones de mexicanos que todos los días están concentrados en algo más inmediato: trabajar, pagar sus gastos, cuidar a su familia, enfrentar el aumento del costo de vida y resolver los problemas de cada día.

A veces no es falta de interés, es falta de tiempo, a veces es agotamiento. Porque sobrevivir también consume energía. Y cuando una persona pasa gran parte de su día tratando de salir adelante, puede parecer imposible dedicar tiempo a problemas que siente demasiado grandes.

Pero una sociedad tampoco puede acostumbrarse para siempre a vivir así, porque adaptarse no significa que algo esté bien.

Un ciudadano no debería convertirse en experto en evitar riesgos, debería poder vivir con tranquilidad; Un trabajador no debería pensar primero en cómo protegerse durante el camino, debería pensar en llegar a su destino; Una familia no debería organizar su vida alrededor del miedo, debería organizarla alrededor de sus sueños.

La democracia no se construye únicamente en las elecciones, también se construye cuando los ciudadanos participan, cuando las instituciones responden y cuando la sociedad conserva la capacidad de exigir mejores resultados.

Tal vez el mayor peligro no sea solamente que existan problemas, esos siempre han existido. El mayor riesgo es que dejemos de sorprendernos por ellos, que llegue un momento en el que ya no preguntemos por qué ocurre algo, sino únicamente cómo podemos adaptarnos.

Una sociedad puede resistir muchas cosas, pero nunca debería perder la capacidad de imaginar que las cosas pueden ser diferentes.

El mexicano aprendió a ser precavido por obligación.

La pregunta es si algún día podremos volver a ser precavidos solamente por prudencia… y no porque el entorno nos obligue a hacerlo.

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