A 52 años del sismo de 1973, Chalchicomula y municipios vecinos recuerdan la tragedia que cambió sus vidas

Jorge Barrientos

Eran poco más de las 2 de la tarde del 28 de agosto de 1973 cuando la tierra comenzó a rugir en el corazón de Puebla. El epicentro, localizado en Chalchicomula de Sesma, sacudió con una fuerza de 7.1 grados Richter no solo a esta demarcación, sino a decenas de municipios a su alrededor. Medio siglo después, los sobrevivientes aún recuerdan aquel día en el que sus casas se desplomaron y la vida cambió para siempre.

“Las paredes se cayeron como si fueran de cartón. Mi madre me jaló del brazo y apenas alcanzamos a salir al patio”, recuerda don Raúl Martínez, originario de Ciudad Serdán.

La devastación fue inmediata. Calles enteras quedaron llenas de escombros, templos históricos como el de Aljojuca sufrieron cuarteaduras profundas y en comunidades rurales —donde predominaban las viviendas de adobe y teja— el colapso fue total. Esperanza, Atzizintla, Cuyoaco y Tecamachalco fueron de las zonas más afectadas, con decenas de familias que perdieron no solo su patrimonio, sino también a sus seres queridos.

“Los caminos se partieron y no había forma de salir; durante horas estuvimos incomunicados, con la esperanza de que alguien llegara a ayudarnos”, relata María Gómez, de Atzizintla, quien perdió su vivienda en el sismo.

El terremoto también alcanzó a municipios como Tehuacán, Tlacotepec de Benito Juárez y Quecholac, donde se registraron derrumbes en escuelas, edificios públicos y caminos rurales, lo que complicó el arribo de brigadas de auxilio. En aquella época, sin protocolos de protección civil ni cuerpos de rescate especializados, fueron los propios habitantes quienes, con palas y sus manos, sacaron a los heridos de entre los escombros.

Aunque las cifras oficiales de víctimas mortales fueron limitadas, los testimonios en comunidades rurales revelan que la tragedia fue mucho mayor. Familias enteras quedaron sepultadas bajo sus casas y muchas muertes nunca fueron registradas.

El llamado “terremoto de Chalchicomula de Sesma” no solo marcó la memoria de una región, sino que evidenció la vulnerabilidad sísmica del estado de Puebla. Hoy, a 52 años de aquel 28 de agosto, los pobladores mantienen vivo el recuerdo de una tragedia que dejó cicatrices imborrables en calles, templos y, sobre todo, en la memoria de quienes sobrevivieron.

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