La epidemia de candidatos
Jorge Barrientos
Hay algo que se está propagando en Puebla más rápido que cualquier campaña de afiliación partidista: la fiebre por ser candidato.
Todavía no arrancan los tiempos electorales, nadie puede pedir el voto y las autoridades electorales mantienen un ojo sobre los adelantados. Pero basta asomarse a cualquier municipio para descubrir que la política poblana ya entró en modo precampaña… aunque nadie quiera llamarla así.
Todos quieren algo.
Unos ya se sienten presidentes municipales; otros ensayan el discurso para rendir protesta como diputados locales. Hay quienes sueñan con una regiduría, una sindicatura o una diputación plurinominal. Los más modestos apuntan a una presidencia auxiliar, mientras que otros no le hacen el feo ni a la representación de una colonia. El caso es figurar en la boleta, aunque primero haya que figurar en redes sociales.
Porque si algo ha dejado claro la política moderna es que las selfies sustituyeron al trabajo de tierra y que un video entregando despensas, saludando vecinos o inaugurando cualquier cosa puede hacer creer que ya existe un proyecto político.
Hoy abundan las reuniones «ciudadanas», los desayunos «informativos», las caminatas «de agradecimiento» y las fotografías «casuales». Nadie anda en campaña… pero todos casualmente traen fotógrafo, community manager y agenda llena de eventos.
Lo que empieza a escasear no son los aspirantes.
Lo que empieza a faltar son candidaturas.
Y ahí vendrá el verdadero problema para los partidos políticos.
Morena, PAN, PRI, Movimiento Ciudadano, Partido Verde, PT, los partidos de nueva creación y los que sobrevivan al camino tendrán que resolver una pregunta que parece sencilla, pero que históricamente les ha costado dolores de cabeza: ¿a quién postular?
Porque métodos hay muchos.
Encuestas, consensos, acuerdos políticos, designaciones, tómbolas disfrazadas de democracia interna o el ya conocido «dedazo» con nombre elegante.
El método podrá cambiar.
Lo que no debería cambiar es el filtro.
Los partidos tendrían que entender, de una vez por todas, que la ciudadanía ya no solo observa quién gana una encuesta. También revisa quién es, de dónde viene, qué ha hecho y, sobre todo, con quién se relaciona.
Sería deseable que antes de entregar una candidatura revisaran expedientes, antecedentes, patrimonio, trayectoria y hasta amistades incómodas. Que verificaran que sus futuros candidatos no tengan cuentas pendientes con la justicia, señalamientos de corrupción, vínculos con grupos delincuenciales o historias que, tarde o temprano, terminarán explotando en plena campaña.
No parece una exigencia exagerada.
Es apenas el mínimo indispensable.
Porque si algo ha demostrado la política mexicana es que todos los partidos, absolutamente todos, presumen tener los mejores filtros… hasta que descubren que el personaje al que tanto defendieron terminó siendo un dolor de cabeza.
Entonces llegan los deslindes.
«Nos engañó.»
«No sabíamos.»
«Ocultó información.»
«No representa nuestros principios.»
La misma película de cada elección.
Y mientras eso ocurre, los ciudadanos siguen viendo desfilar a los mismos de siempre, ahora con diferente camiseta. Porque en política también existe el mercado de fichajes: hoy se pelean en una conferencia de prensa y mañana aparecen abrazados porque la candidatura así lo exige.
Por eso la elección de 2027 no solo pondrá a prueba a quienes aspiran a un cargo.
También exhibirá la verdadera capacidad de los partidos para seleccionar perfiles.
Porque candidatos sobran.
Lo difícil será encontrar buenos candidatos.
Y eso, en la política poblana, empieza a parecer una especie en peligro de extinción.
Al final, la pregunta sigue siendo la misma de esta columna:
¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?
En Puebla, al parecer, la respuesta es muy sencilla: a cualquier cargo de elección popular… aunque primero haya que encontrar un partido dispuesto a cargar contigo.
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