El Mundial que hizo lo que la política no ha podido

¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?

El Mundial que hizo lo que la política no ha podido

Jorge Barrientos

Este Mundial llegó sin el brillo de otros. No tuvo una canción que se convirtiera en el himno de una generación, como ocurrió en otras justas mundialistas. Pocos saben siquiera el nombre de sus mascotas oficiales. Parecía un torneo destinado a pasar desapercibido. Sin embargo, terminó haciendo algo que la clase política mexicana lleva décadas prometiendo y nunca ha conseguido: unir al país.

Cada vez que la Selección Mexicana pisa la cancha, desaparecen, al menos durante noventa minutos, las etiquetas ideológicas, los colores partidistas y la polarización que tanto alimentan quienes viven de la confrontación. El verde de la playera nacional sustituye al guinda, al azul, al naranja, al rojo o al amarillo. En las calles ya no importa por quién votó el vecino; importa que México gane.

Mientras los políticos se empeñan en dividir a los mexicanos entre buenos y malos, entre conservadores y liberales, entre pueblo y adversarios, el futbol demuestra que la unidad sí es posible cuando existe una causa común.

Resulta doloroso reconocer que millones de personas depositan más esperanza en once futbolistas que en cientos de servidores públicos electos para resolver los problemas del país. Pero también es comprensible.

¿Quién puede ilusionarse con una clase política que todos los días protagoniza escándalos, campañas permanentes y discursos de odio, mientras la inseguridad sigue arrebatando vidas, los hospitales padecen el desabasto de medicamentos, la obra pública avanza con lentitud en muchas regiones y el costo de la canasta básica continúa golpeando el bolsillo de las familias?

Los políticos piden confianza cada tres o seis años. Los futbolistas se la ganan cada vez que defienden el escudo nacional.

Un gol puede parecer apenas una anotación en el marcador. En México significa mucho más. Es el abrazo entre desconocidos, la bandera ondeando en las ventanas, el orgullo de escuchar el Himno Nacional y la sensación, aunque sea momentánea, de que este país todavía tiene razones para sonreír.

Los nuevos héroes nacionales no ocupan una curul ni aparecen diariamente en conferencias de prensa. Los nombres que hoy emocionan a millones son Raúl Jiménez, Santiago Giménez, Julián Quiñones y César Huerta, futbolistas que han logrado despertar un sentimiento colectivo que ningún discurso político ha sido capaz de construir.

Y eso debería preocupar a quienes gobiernan.

Porque la mayoría de los mexicanos conoce mejor a los goleadores de la Selección que a sus diputados locales, a sus diputados federales o incluso a muchos de sus gobernantes. No es culpa del futbol. Es consecuencia de una representación política que, en demasiadas ocasiones, se ha alejado de la ciudadanía para concentrarse en intereses partidistas, luchas internas y proyectos personales.

Mientras la clase política se disputa candidaturas, posiciones y cuotas de poder, el ciudadano común sigue esperando soluciones reales. Espera seguridad para salir de casa sin miedo. Espera medicamentos cuando llega al hospital. Espera calles en buen estado, oportunidades para sus hijos y un gobierno que escuche más de lo que habla.

Y, mientras esa esperanza no llega desde las instituciones, el balón sigue siendo el refugio emocional de millones de mexicanos.

Este Mundial también ha mostrado el mejor rostro del país. Miles de visitantes han comprobado que la hospitalidad mexicana sigue intacta. Aquí se recibe al extranjero como amigo, se comparte la mesa, se ofrece ayuda y se celebra juntos, sin importar el idioma, el origen o las diferencias políticas. Esa grandeza pertenece al pueblo, no a los gobiernos.

Quizá México no levante la Copa del Mundo. Quizá el sueño vuelva a quedarse en el intento. Pero hay algo que nunca podrán arrebatarnos: la capacidad de creer.

Porque los mexicanos jamás dejaremos de pensar que algún día seremos campeones del mundo, aun cuando nuestros deportistas sigan enfrentando la falta de apoyo, la escasa inversión en el talento nacional y el abandono de muchas disciplinas.

El futbol sigue haciendo lo que la política olvidó hace mucho tiempo: darle al país motivos para creer, para abrazarse y para sentirse orgullosamente mexicano.

Y tal vez esa sea la derrota más grande de nuestra clase política: que un gol provoque más esperanza que un gobierno entero.

Y aquí la gran pregunta nuevamente es:

¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?
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