Ideas en Territorio
Raúl Contreras
Hay algo que los extranjeros no terminan de entender cuando llegan a México.
Creen que la frase “mi casa es tu casa” es una simple cortesía. Una expresión bonita para romper el hielo. Una fórmula social que se dice por educación.
Y entonces descubren que aquí hablamos en serio.
Descubren que el mexicano es capaz de invitar a comer a alguien que conoció hace una hora. Que una familia puede abrirle un espacio en la mesa a un visitante extranjero. Que en una fiesta siempre aparece una silla extra para quien llegue sin avisar. Que aquí los desconocidos terminan siendo compadres, amigos o hermanos de ocasión.
Por eso, mientras el mundo observa el Mundial, millones de visitantes y aficionados coinciden en algo que no aparece en las estadísticas de la FIFA ni en los reportes de infraestructura: México tiene algo que ningún estadio puede construir, tiene alma.
Y quizá por eso tantos extranjeros aseguran que, de las tres sedes mundialistas, México es donde mejor se siente el ambiente.
No hablan solamente de fútbol, hablan de la gente.
Hablan de los tacos al pastor que encuentran a cualquier hora de la noche. De los mercados llenos de colores y aromas. Del asombro que les provoca descubrir que con lo que cuesta una comida sencilla en algunos países, aquí pueden probar varios platillos distintos. Hablan de las cemitas, las carnitas, los esquites, los molotes y de una gastronomía que parece infinita.
Pero sobre todo hablan de los mexicanos. De esa extraña capacidad que tenemos para convertir cualquier reunión en una fiesta. Porque si algo hemos demostrado históricamente es que el mexicano no necesita demasiados pretextos para celebrar.
Tomamos porque ganamos y también tomamos porque perdimos. Y si empatamos, seguramente también encontraremos una razón para brindar.
Hay países que organizan eventos pero México organiza anécdotas.
Los extranjeros llegaron pensando que asistirían a un Mundial y terminaron entrando a una carne asada donde nadie sabe quién compró el hielo, pero todos se sienten parte de la familia.
Existe una regla no escrita en México: si caben cuatro personas, entran seis; si caben seis, entran ocho; y si hay Mundial, cabe el planeta entero.
Las imágenes que circulan en redes sociales son una muestra de ello.
Aficionados cargando a una abuelita en silla de ruedas para que también festeje.
Personas incorporando a un aficionado con discapacidad al centro de la celebración para que no se quede fuera de la fiesta.
Extranjeros cambiando la camiseta de su selección por una de México simplemente porque quieren sentirse parte de la alegría colectiva.
Aficionados improvisando luchas libres en plena calle con máscaras incluidas.
Policías convertidos por unos minutos en parte del festejo.
Personas que ni siquiera hablan el mismo idioma abrazándose después de un gol como si hubieran crecido en la misma colonia.
Más que escenas de fútbol, parecen escenas de comunidad. Y quizá eso es precisamente lo que está sorprendiendo al mundo, la empatía, la inclusión espontánea, la facilidad con la que el mexicano hace sentir bienvenido a quien viene de fuera.
Porque mientras en muchos lugares la convivencia está llena de barreras, aquí todavía existe algo que en otras sociedades parece estar desapareciendo: la cercanía humana.
No es casualidad que México sea también un caso único en la historia de la Copa del Mundo. Con 2026 se convertirá en el primer país en albergar tres Mundiales masculinos de la FIFA, después de 1970 y 1986. Además, el Estadio Azteca será el primero en la historia en recibir partidos en tres Copas del Mundo distintas.
Fuente: FIFA World Cup 2026.
Pero hay una ironía que vale la pena mencionar.
Quizá la FIFA nunca nos dio el Mundial completo porque sospechaba algo peligroso: que los mexicanos somos capaces de convertir un partido de fase de grupos en una fiesta nacional, una glorieta en una pista de baile y a un extranjero en primo adoptivo en menos de diez minutos. Es broma, al menos eso espero.
Porque si algo han demostrado los mexicanos es que perder partidos nunca nos ha impedido ganar la fiesta.
Sin embargo, existe una paradoja que resulta imposible ignorar.
Este México alegre convive todos los días con otro México.
El de la inseguridad, el de los desaparecidos, el de los homicidios, las extorsiones, los asaltos en carreteras, la corrupción, la inflación, el de las oportunidades que siguen y sin llegar para millones de jóvenes.
Según la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI, más del 60% de los mexicanos manifiestan sentirse inseguros en la ciudad donde viven.
Fuente: ENSU-INEGI.
Además, México continúa registrando decenas de miles de homicidios cada año.
Fuente: Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.
Son cifras que no desaparecen porque ruede un balón, son problemas que no se resuelven con un gol.
Y, sin embargo, el mexicano sigue encontrando razones para sonreír.
Quizá por necesidad, por resistencia, porque aprendimos que si dejamos que los problemas nos roben la alegría, entonces habrán ganado mucho más que un partido.
Por eso resulta inevitable hacerse una pregunta incómoda.
¿Qué pasará cuando termine el Mundial?
Porque la fiesta dura unas semanas, pero la realidad seguirá aquí, los cánticos desaparecerán, las fan zones se desmontarán, las pantallas se apagarán y millones de mexicanos volverán a enfrentar los mismos problemas que quedaron en pausa durante noventa minutos.
Entonces la pregunta no debería ser únicamente cuándo seremos campeones del mundo en fútbol, la pregunta debería ser cuándo tendremos gobiernos que quieran ser campeones en seguridad, en educación, en salud, en innovación, en transparencia, campeones en generar oportunidades para que nuestros jóvenes encuentren empleos dignos y puedan construir un futuro mejor.
Porque resulta imposible no preguntarse algo más.
Si los extranjeros valoran tanto nuestra cultura, nuestra solidaridad, nuestro sentido de comunidad y nuestra capacidad para incluir a los demás, ¿por qué nuestros gobiernos parecen tan incapaces de reflejar esas mismas virtudes?
¿Por qué el ciudadano suele mostrar más empatía que muchas instituciones?
¿Por qué la gente representa mejor a México que quienes fueron elegidos para representarla?
¿Por qué seguimos atrapados en la cultura del “el que no tranza no avanza”, del abuso de poder, del funcionario que ve el cargo como una oportunidad de beneficio personal y no como una responsabilidad pública?
Lo más impresionante para muchos visitantes no es que México sea una potencia económica, tecnológica o militar.
No lo es.
Lo impresionante es que, pese a no serlo, conserva algo que muchas potencias parecen haber perdido: la capacidad de convivir, de reírse de sí mismo y de hacer sentir importante a quien tiene enfrente.
Por eso cuando tantos extranjeros hablan de México, pareciera que están describiendo a un país destinado a ser una potencia mundial.
Y tal vez no hablan de economía, ni de armamento, ni de tecnología. Hablan de personas. Porque la mayor riqueza de México nunca ha estado en sus estadios, ni en sus campañas de promoción, ni en sus discursos oficiales. La mayor riqueza de México siempre ha sido su gente.
Una gente que, incluso en medio de las dificultades, sigue compartiendo la mesa, sigue abriendo la puerta, sigue invitando al extranjero a sentirse en casa, sigue demostrando que la hospitalidad no es una estrategia turística, es una forma de ser.
Y quizá la mayor lección que nos deja este Mundial no tiene nada que ver con fútbol.
Quizá la verdadera lección es imaginar qué podría lograr este país si la misma pasión con la que llenamos plazas para ver un partido, la misma energía con la que abrazamos a desconocidos y la misma unidad con la que celebramos un gol, la utilizáramos para exigir seguridad, educación de calidad, mejores servicios de salud, menos corrupción y gobiernos que estén a la altura de su gente.
Porque después del Mundial volverán los problemas, pero también seguirá aquí lo mejor de México: su gente.
Esa que nunca necesitó una copa para demostrar que ya era campeona del mundo en algo mucho más importante: hacer sentir en casa a cualquiera que toque su puerta.
Porque quizá el mundo vino buscando fútbol y terminó encontrando el corazón de México.
