El silencio del tercer domingo: paternidades, consumo y brecha de la corresponsabilidad

POR: BLANCA CABALLERO

Junio transcurre con una calma que contrasta drásticamente con el torbellino social de mayo. Hace apenas unas semanas, las calles se desbordaban, los restaurantes lucían filas interminables, los almacenes comerciales operaban a su máxima capacidad y las escuelas paralizaban sus actividades para rendir tributo a las madres. Hoy, ante la llegada del Día del Padre, el ambiente se percibe notablemente distinto: más silencioso, menos comercial y, para muchos, casi imperceptible.

Este marcado contraste no es una simple casualidad mercadotécnica; es el reflejo de una profunda desigualdad estructural configurada desde los ámbitos social y económico. Nos obliga a plantearnos una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Es realmente equitativo este festejo, o estamos celebrando el peso de los roles tradicionales que perpetúan la brecha de género?

El desequilibrio en las vitrinas y en el hogar
El desborde comercial del Día de la Madre responde a una construcción histórica que ha romantizado y sacralizado el trabajo de cuidados no remunerado, colocándolo como el eje central de la identidad femenina. La sociedad compensa económicamente en un solo día el desgaste de todo un año mediante el consumo masivo.

Por otro lado, la tibieza que rodea al Día del Padre evidencia cómo la figura masculina sigue estando anclada, en el imaginario colectivo, casi exclusivamente al rol de proveedor económico y no al de cuidador afectivo. Al hombre se le evalúa socialmente por su capacidad de aportar recursos, no por su presencia en la crianza diaria. Por ello, el festejo en el mercado se nota «vacío»: porque la sociedad aún no sabe cómo premiar o incentivar una paternidad que vaya más allá de la billetera. No se han creado las mismas narrativas de apego y gratitud porque, históricamente, el sistema no ha exigido del padre el mismo nivel de involucramiento doméstico.

Hacia una igualdad real desde el núcleo familiar
Lograr una verdadera equidad de género implica reconfigurar el valor que le otorgamos a las funciones dentro del hogar. No se trata de igualar el gasto comercial o llenar los restaurantes en junio por mera competencia, sino de equilibrar la balanza de las responsabilidades los 365 días del año.

Para ser más justos desde la familia, necesitamos transitar de la figura del «padre ayudante» a la del padre corresponsable. El cambio comienza cuando las tareas de crianza, el soporte emocional, las juntas escolares y las labores domésticas dejan de verse como una «ayuda» hacia la madre y se asumen como una obligación compartida por igual. Cuando democratizamos el hogar, transformamos también la percepción social de la paternidad. Un padre presente, que cuida, que educa en la igualdad y que se involucra activamente, genera un impacto directo en la economía familiar y en la salud emocional de sus hijos.

Celebrar el Día del Padre con la misma dignidad y reconocimiento debería ser el resultado natural de haber construido una dinámica familiar justa. El mejor regalo no se envuelve; se demuestra compartiendo la carga.

Reflexión final:

Si analizamos las dinámicas de nuestra propia casa, ¿estamos educando a los hijos para que valoren a un padre por su capacidad de proveer bienes materiales, o estamos abriendo el espacio para que los hombres ejerzan una paternidad plenamente afectiva, cuidadora y equitativa?

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