Por José Alfredo Ramírez Orduña
Qué padre es tener un buen Padre, para quienes tienen la fortuna de contar con su presencia y afecto. Como cada tercer domingo de junio, el próximo fin de semana se conmemora el Día del Padre, ocasión destinada a celebrar y agradecer su entrega, amor e instrucción. Sin embargo, este festejo es más una aspiración que una realidad para todos. En México, aunque se trata de una fecha significativa, no todos pueden compartirla: un tercio de la población en el país vive con un Padre ausente, reflejo de una fractura cultural que acarrea consecuencias emocionales y económicas. Niños y niñas crecen sin referentes masculinos positivos, mientras las madres enfrentan sobrecarga laboral y limitaciones para su desarrollo profesional. Si bien se han logrado avances, aún queda un largo camino para que el ejercicio de la paternidad impacte de manera positiva en la infancia y en la estructura social.
Tradicionalmente, se le concebía principalmente como proveedor material y figura de autoridad, ajeno de las tareas de crianza y cuidado cotidiano. Hoy, los cambios sociales, culturales y jurídicos han impulsado una redefinición: el Padre tiene que tomar un rol mucho más activo en el desarrollo integral de su familia, como un educador dedicado que acompaña emocionalmente y guía con su presencia a los integrantes de su núcleo, siendo corresponsable en la formación integral de sus hijos e hijas. Resulta indispensable comprender que la paternidad es un acto de voluntad y conciencia, no solo de biología.
Qué padre es ser un buen Padre, para quienes asumen la responsabilidad de guiar, proteger y acompañar a una criatura que depende totalmente de otro ser humano para desarrollarse. A lo largo de la historia, abundan los relatos donde el apoyo y la presencia de un buen Padre marca la diferencia y donde su ausencia se nota aún más. La incondicionalidad de las madres mexicanas para con sus hijos e hijas han hecho una hazaña que no se dimensiona apropiadamente, especialmente en un país tan desigual como el nuestro. Más de 4 millones de padres no crían ni participan en la vida de sus hijos, lo que equivale al 9.3% de los padres identificados por INEGI. Esta cifra, aunque contundente, apenas refleja la magnitud de un problema que toca con el dedo la llaga de una herida del mexicano que nunca ha podido sanar.
Actualmente, poco más de 4 millones de hogares en México son encabezados exclusivamente por mujeres, quienes enfrentan una doble o triple jornada de trabajo sin apoyos institucionales suficientes. A ello se suma que las mujeres dedican en promedio 40 horas semanales al trabajo doméstico no remunerado, mientras que el promedio de los hombres es de 16 horas. Detrás de cada caso de paternidad ausente hay una historia de desigualdad, esfuerzo invisible y falta de corresponsabilidad que sigue sin respuesta contundente desde el Estado mexicano.
El aumento de los asuntos familiares en los que se condena el cumplimiento de las obligaciones a cargo de los padres, así como la renuencia y poca efectividad para ejecutarlos, han generado la creación de mecanismos como el Registro Nacional de Obligaciones Alimentarias (RNOA) y la Ley Sabina, que operan como mecanismos jurídicos que restringen trámites y derechos civiles hasta que regularicen sus pagos y obligaciones. Sin embargo, la implementación es desigual y aún insuficiente.
A manera de conclusión, qué padre es reconocer la importancia que los padres, presentes y ausentes, tienen en nuestras vidas, porque es necesario reconocer que no todos los hombres deben ser padres. El arquetipo masculino que la modernidad exige, requiere de esfuerzo para crecer, sabiduría para comprender y voluntad para trascender y si bien, no todos cumplen con dichos parámetros, reconocer esta herencia es indispensable para que las nuevas generaciones no repitamos el patrón y podamos construir una paternidad distinta, más justa y consciente.
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