El Mundial Que Nos Encontró Improvisando

Por Raúl Contreras

Los mundiales no exhiben estadios. Exhiben países y exhiben sus gobiernos.

Dentro de unos días, millones de personas observarán a México.

No solo verán partidos.

Verán aeropuertos, carreteras, transporte público, seguridad, infraestructura y servicios.

Y ahí surge una pregunta incómoda:

¿Cómo es posible que después de años de preparación sigamos pareciendo un país que se enteró ayer que sería sede del Mundial?

Durante años se nos dijo que la Copa del Mundo representaba una oportunidad histórica para impulsar el turismo, modernizar infraestructura, atraer inversión y proyectar una imagen positiva de México ante miles de millones de personas. Sin embargo, a medida que se acerca el momento de recibir al mundo, la conversación pública no gira en torno a una transformación nacional ni a un legado de largo plazo.

La conversación gira en torno a obras que avanzan contra reloj, remodelaciones inconclusas, problemas de movilidad y preparativos de última hora.

Y eso revela un problema mucho más profundo que el fútbol.

México no enfrenta una crisis de recursos. Enfrenta una crisis de ejecución. Porque el talento existe, el dinero existe, las oportunidades existen.

Lo que constantemente falla es la capacidad para convertir esas oportunidades en resultados.

Por eso el Mundial resulta tan incómodo, porque funciona como un espejo y los espejos no muestran lo que queremos ser, muestran lo que realmente somos.

Los visitantes no vienen únicamente a ver estadios. Vienen a conocer ciudades, servicios, vialidades, espacios públicos y la capacidad de un país para organizarse y funcionar.

Y es ahí donde comienzan las dudas.

México posee una de las industrias turísticas más importantes del planeta. De acuerdo con el Índice de Desarrollo de Viajes y Turismo 2024 del World Economic Forum , nuestro país ocupó la posición 38 de 119 naciones evaluadas. Destaca por su riqueza cultural, sus atractivos naturales y su potencial turístico, pero sigue enfrentando rezagos importantes en materia de infraestructura, seguridad y competitividad.

En otras palabras, tenemos todo para atraer al mundo, pero seguimos teniendo dificultades para ofrecerle la experiencia que merece.

La comparación internacional resulta inevitable.

Qatar aprovechó la Copa del Mundo de 2022 como un proyecto de transformación nacional. Construyó estadios desde cero, desarrolló nuevas líneas de transporte, amplió aeropuertos y modernizó importantes zonas urbanas. Más allá de cualquier debate sobre aquel torneo, existe una realidad innegable: entendieron que un Mundial no dura un mes, sino que puede convertirse en un legado de décadas.

México parece haber entendido algo distinto.

Aquí seguimos atrapados en la cultura de la improvisación.

Las obras comienzan cuando el tiempo se agota. Los proyectos se anuncian antes de planearse. La urgencia termina sustituyendo a la estrategia.

Y el Mundial simplemente ha hecho visible una realidad que los mexicanos conocemos desde hace años.

La falta de mantenimiento en calles y carreteras, los problemas de movilidad, el deterioro urbano y la fragilidad de la infraestructura pública no aparecieron con la llegada del torneo. Son problemas acumulados durante décadas.

De hecho, la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) del INEGI identifica de manera recurrente los baches y el mal estado de calles y avenidas entre las principales problemáticas urbanas reportadas por la ciudadanía.

Lo que para millones de mexicanos se ha vuelto cotidiano, para millones de visitantes será parte de su primera impresión del país.

Y aquí aparece una de las reflexiones más incómodas de todas.

El problema no es que México tenga baches, el problema es que tuvo años para prepararse y aun así parece haber dedicado más esfuerzo a esconderlos que a repararlos.

Porque un turista puede olvidar el resultado de un partido.

Lo que difícilmente olvidará es un aeropuerto saturado, una carretera deteriorada, una ciudad colapsada por el tráfico o una experiencia insegura.

Y la seguridad tampoco puede quedar fuera de esta discusión.

La Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del INEGI ha mostrado de manera consistente que una mayoría de los mexicanos considera inseguro vivir en su ciudad. Esa percepción afecta la calidad de vida de quienes habitan el país, pero también influye en las decisiones de quienes desean visitarlo, invertir o hacer negocios en él.

La seguridad no solo protege a las personas, también protege la confianza, la inversión, y protege la reputación de una nación.

Por eso resulta inevitable plantear una pregunta aún más incómoda:

Si México conocía desde hace años que organizaría partidos mundialistas, ¿por qué tantas obras siguen inconclusas?

¿Por qué seguimos actuando como si la fecha hubiera llegado por sorpresa?

¿Por qué parece existir más preocupación por la imagen que por el fondo?

Porque existe una enorme diferencia entre resolver problemas y administrar percepciones.

Resolver problemas requiere capacidad. Administrar percepciones requiere publicidad. Y durante demasiado tiempo hemos confundido una cosa con la otra.

En distintos puntos del país hemos visto esfuerzos por embellecer espacios públicos, pintar fachadas y construir escenarios visualmente atractivos para los visitantes. Sin embargo, ningún mural, ningún espectáculo y ninguna campaña de imagen pueden llegar a sustituir la planeación estratégica ni resolver los problemas estructurales de un país.

Las naciones no se transforman maquillando la realidad, se transforman enfrentándola. Y quizás esa sea la reflexión más importante que deja este Mundial.

El Mundial no exhibirá nuestros estadios. Exhibirá nuestras prioridades.

El problema no es el fútbol. El problema es que la Copa del Mundo ha terminado por exhibir algo que los mexicanos conocemos desde hace tiempo: nuestra dificultad para convertir oportunidades extraordinarias en proyectos de largo plazo y de desarrollo.

Porque México tiene talento, ubicación estratégica, riqueza cultural, gastronomía reconocida internacionalmente y una población extraordinariamente trabajadora.

Lo que sigue faltando es algo más difícil de construir:

visión, planeación y capacidad de ejecución.

La corrupción también forma parte de esta conversación. No solamente porque erosiona la confianza pública, sino porque encarece proyectos, retrasa obras y reduce la calidad de la infraestructura que finalmente reciben los ciudadanos. Un país que paga caro por obras deficientes termina compitiendo en desventaja frente a quienes convierten cada inversión en desarrollo.

Porque los países desarrollados no se distinguen por cometer menos errores. Se distinguen porque utilizan las grandes oportunidades para corregirlos.

Nosotros recibimos una oportunidad histórica.

Y aún está por verse si decidimos aprovecharla o simplemente decorarla.

Quizá el mayor fracaso no sea que algunas obras lleguen tarde.

El mayor fracaso sería descubrir que tuvimos más interés en pintar fachadas que en resolver problemas. Más interés en decorar rutas turísticas que en modernizar ciudades. Más interés en construir una narrativa que en construir un legado.

Porque un Mundial debería servir para mostrarle al mundo lo mejor de un país. Pero también sirve para revelar aquello que durante años se quiso ocultar.

Y cuando el balón empiece a rodar, México no estará compitiendo únicamente contra otras selecciones.

Estará compitiendo contra décadas de improvisación, corrupción, abandono institucional y oportunidades desperdiciadas.

Porque los mundiales duran unas cuantas semanas.

Los baches, la inseguridad, las obras inconclusas y la falta de visión permanecen mucho más tiempo.

Porque nadie recordará cuántas veces se pintó una fachada, cuántos discursos se pronunciaron, cuántas campañas publicitarias se lanzaron. Pero sí recordarán si encontraron un país que aprovechó una oportunidad para transformarse o un país que, una vez más, confundió la apariencia con el progreso.

Y cuando el último turista regrese a casa, quedará una pregunta imposible de ignorar:

¿Aprovechamos el Mundial para transformar a México o simplemente intentamos maquillarlo para la foto con un ajolote morado?

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