Daniel Sandoval
Kino-cine
Me puedo declarar fan de El diablo viste a la moda. Sencillamente, la primera entrega está entre una de mis películas favoritas de todos los tiempos y celebré mucho cuando vi el anuncio de la segunda entrega que protagonizan Meryl Streep y Anne Hathaway. A decir verdad, me gustó mucho el nuevo largometraje, no esperaba algo distinto. Además, reafirmó mi preferencia por el personaje de Nigel, pues si en la primera cinta lo consideré el mejor (claro, si no introducimos en la discusión a Miranda Presley) en la segunda me pareció espectacular. Y la verdad es que sus outfits me parecen delirantes.
Lo cierto, es que El diablo viste a la moda 2 concreta lo que cualquier cinta de Hollywood busca: generar identificación con el público. Esta crisis que vive Andrea Sachs en la segunda película -el desempleo- es la prolongación de la inseguridad que ya se anunciaba en la primera entrega. Ejemplos que acentúan esta situación en el largometraje son: cuando es criticada por su papá por no ejercer lo que estudió, la dificultad para adaptarse para su nuevo trabajo, una jefa muy exigente, buscar un lugar para vivir, entre otras cosas, son las que cualquier joven promedio experimenta. (Claro está que con los matices de vivir en Nueva York y ser egresada de la Universidad de Stanford). Nosotros como jóvenes, ¿qué no hemos pasado por ello? La incertidumbre laboral, el estrés y un sinfín de cuestionamientos existenciales y a veces deprimentes.
Es por esto y más que, para mí, el personaje de Nigel es monumental. Desde la primera cinta, si el lector es un fan de la saga, es Nigel quien le da una lección a Andy sobre lo que significa trabajar para la revista Runway. “Donde todos matarían por trabajar, tú solo vienes a trabajar; y te preguntas por qué no te agradecen y te dan una estrella al final del día…despierta, querida”. Creo que a veces, en la medida de la posible y considerando las condiciones en las que cada persona vive, necesitamos un Nigel en nuestra vida. Porque ser joven es difícil: de entrada, nada es seguro. Ni el trabajo, ni un departamento, ni el salario, a veces incluso ni las personas. Y aún así, Andy comprende la presión y trata de enfrentarse a ella.
Por otro lado, Meryl Streep es espectacular. Pero, así como Runway, ella está decaída, triste, limitada. Me parece muy interesante que la cinta se encargue de exponer algo así como la caída de la industria de la moda o, mejor dicho, el choque que enfrenta por la era digital: redes sociales, internet vs revista física, limitaciones financieras. La verdad, Meryl Streep sigue sorprendiendo porque comprendió que su papel debe ser de perfil bajo. Ya no es esa jefa exigente y dura con sus empleados, ahora es timorata y le dicen qué hacer. La cinta parodia este caso cuando es la propia Miranda quien cuelga su abrigo, cuando 20 años antes ella lo aventaba para que sus secretarias lo recogieran y guardaran.
Al final de la película, Miranda se nos presenta como siempre ha sido: humana. Alguien que le gusta trabajar y comprende que su forma de laborar es complicada para sus empleados, tanto que está dispuesta a aceptar que alguien escriba sobre su forma de ser en Runway y revele lo dura que ha sido. Ese arco es la de quien ha entendido parte de la vida. Esta sensación de conexión a la que invita Miranda habla de un personaje actuado por una actriz de la talla de Meryl Streep.
