La obesidad es una enfermedad de alta prevalencia a nivel mundial. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2024 el 43% de los adultos presentaban sobrepeso u obesidad (1). En México, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) 2023, la prevalencia de obesidad en adultos fue de 38.9% (2). Además, las proyecciones estiman que para el año 2030 la prevalencia podría alcanzar hasta el 50% en países como Estados Unidos. (3)
La obesidad va más allá de presentar peso excesivo por malos hábitos, se trata de una compleja enfermedad sistémica, multiorgánica, metabólica e inflamatoria crónica que se encuentra multideterminada por una interrelación entre factores genéticos y ambientales que conduce a alteraciones en la cantidad, distribución y función del tejido adiposo y que conlleva un mayor riesgo de morbilidad y mortalidad para los pacientes que la padecen. (4)
De manera clásica, la obesidad se ha diagnosticado utilizando el índice de masa corporal (IMC), donde se establece un peso excesivo para la altura del paciente. Este índice, es una herramienta práctica y ampliamente utilizada, ya que requiere únicamente el peso y la talla de un paciente, y por lo tanto puede ser obtenido en pocos segundos mediante una fórmula básica prácticamente en cualquier consultorio del área de la salud. Sin embargo, esta medida no evalúa directamente el componente central de la obesidad: el exceso de adiposidad. Por ello, puede dar lugar a errores diagnósticos. Por un lado, puede generar sub diagnósticos en pacientes con elevado porcentaje de grasa corporal pero baja masa muscular, cuyo peso total puede ubicarse dentro de rangos considerados normales. Por otro lado, puede ocasionar sobre diagnósticos en individuos con mayor peso corporal a expensas de una elevada masa muscular y no de un exceso de tejido adiposo. (5)
Durante el 2025 “The international Lancet Commission on Obesity” propuso como parte de los criterios diagnósticos de obesidad, la identificación y documentación del exceso de adiposidad mediante la evaluación del tamaño corporal, ya sea a través de mediciones ampliamente disponibles y sencillas como la circunferencia de cintura o mediante técnicas especializadas de estimación de porcentaje de grasa corporal como la absorciometría dual de rayos x (DEXA). Este enfoque mejora la certeza diagnóstica y centra la atención en el componente fisiopatológico fundamental de la obesidad (la adiposidad) y no exclusivamente en el peso corporal. (6)
En cuanto a la presentación de la enfermedad, The Lancet Commissión clasifica a la obesidad en dos fases: obesidad preclínica y obesidad clínica. La obesidad clínica se define por la presencia de un exceso de adiposidad acompañado de alteraciones orgánicas o funcionales secundarias a la disfunción del tejido adiposo. Entre estas se incluyen enfermedades como diabetes tipo 2, hipertensión arterial, enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD), así como dislipidemias caracterizadas por elevación de colesterol o triglicéridos séricos. Por su parte, la obesidad preclínica corresponde a la etapa en la que existe un exceso de grasa corporal sin manifestaciones clínicas evidentes ni alteraciones metabólicas detectables en ese momento. No obstante, esta condición puede evolucionar con el tiempo hacia obesidad clínica y se asocia con un riesgo mayor de desarrollar complicaciones en comparación con individuos metabólicamente sanos sin exceso de adiposidad. Si bien algunos pacientes pueden no progresar nunca a una fase clínica, es importante considerar que, aun en ausencia de alteraciones bioquímicas o clínicas evidentes, pueden existir cambios subyacentes a nivel molecular.(6-8)
Los factores implicados en la progresión de la obesidad hacia el estadio clínico han sido objeto de gran interés en la investigación. Entre los más relevantes se encuentran la predisposición genética, el consumo crónico de una dieta hipercalórica, el sedentarismo, el estrés persistente, las alteraciones en la microbiota intestinal y el envejecimiento.(7,8)
El reconocimiento de la obesidad como una enfermedad en sí misma, incluso en ausencia de otras patologías metabólicas asociadas, abre la puerta a un abordaje terapéutico integral orientado a mejorar la calidad de vida de los pacientes. Asimismo, contribuye a disminuir el estigma que muchas personas enfrentan diariamente, al desafiar la percepción de que la obesidad es únicamente el resultado de decisiones individuales o hábitos inadecuados. En cambio, la posiciona como una enfermedad compleja, multifactorial y crónica que requiere una atención médica estructurada y multidisciplinaria. (5,6)
Por la Dra. Rosa María Luna Rosas
Docente de la Escuela de Ciencias de la Salud de la Anáhuac Puebla
Semblanza
Es Médico Cirujano con Maestría en Nutrición Clínica, diplomados en Bariatria, obesidad y nutrición por la BUAP y Nutrición y Diabetes Mellitus por la universidad de Belgrano, Argentina. Miembro de la Asociación Mexicana de Obesidad y Nutrición.
Actualmente se desempeña como médica y nutrióloga en consulta privada, enfocada en la prevención y manejo integral de enfermedades crónico-degenerativas, así como en la atención clínica basada en evidencia. Su expertise se centra en fisiopatología, farmacología clínica, nutrición clínica, obesidad y trastornos metabólicos, integrando un enfoque médico-nutricional. Cuenta con una amplia trayectoria docente en nivel medio superior, licenciaturas en Medicina y Nutrición, y programas de educación continua en instituciones como Universidad Anáhuac, donde ha sido reconocida como una de las docentes mejor evaluadas. Ha diseñado e impartido cursos independientes de alta demanda y participado en proyectos académicos de evaluación curricular. Es una profesional apasionada por la enseñanza, la divulgación científica y el aprendizaje continuo.
