¿Una nueva Ley de Cine en México?: consideraciones sobre la reforma de Sheinbaum

Kino-cine

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, presentó dos nuevas leyes en lo referente al trabajo cinematográfico en la nación: la Ley Federal de Cine y el Audiovisual y una reforma en favor de los actores de doblaje frente al uso abusivo de la Inteligencia Artificial. Respecto a la primera, es una “nueva” legislación que modifica la ya existente, que se publicó en 1992 y que es motivo de esta columna.

En voz de la secretaria de Cultura, Claudia Curiel Icaza, se precisó que entre lo destacable de la nueva ley es la garantía de exhibición del cine mexicano en el 10 por ciento de las pantallas que hay en la nación, las cuales ascienden a 7,383 a lo largo del territorio, según el Anuario Estadístico de Cine Mexicano 2024 del IMCINE; así como extender de 7 a 14 días el tiempo en cartelera de las cintas nacionales y apoyos establecidos en la ley para impulsar la creación de largometrajes mexicanos a través del Focine y una política para conservar material fílmico grabado en México.

Sin embargo, hay varios puntos que señalar antes de posicionarse a favor o en contra de las leyes presentadas por el Gobierno Federal. Surgen preguntas del tipo: si se exhibe el 10 por ciento de cine mexicano en las más de 7,000 salas, ¿qué pasa con el otro 90 por ciento? ¿El cine mexicano merece tener ese espacio en cartelera, teniendo en cuenta las interminables críticas que se ha ganado por ser “mera comedia romántica sin fines culturales”? (los entrecomillados tendrán sentido al finalizar esta columna) y, es más, ¿era necesario una nueva ley que tiene más de 30 años de vida?

De entrada, llamarle nueva a esta ley o sostener que viene a reemplazar a la que se decretó en 1992 es un insulto para una comunidad cinematográfica que viene luchando desde al menos finales de la década de los 90, pero que se agudizó en el primer mandato de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, cuando propuso finalizar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, mejor conocido como TLCAN; y que incluso tiene actualmente más peso, cuando en este segundo periodo presidencial, Trump intenta extinguir el ahora llamado T-MEC.

Para sostener esto hay que recordar qué tiene que en común 1952 y 1992 para la cinematografía en México. La ley de cine de 1952, todavía en la Época de Oro del cine mexicano, establecía que el tiempo de exhibición del cine nacional era del 50 por ciento, frente al 50 por ciento que se les otorgó a las cintas estadounidenses. Sin embargo, para 1992, durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari -y en el marco de la firma del TLCAN-, se redujo drásticamente la exhibición de 50 a 30 por ciento y paulatinamente llegó al 10 por ciento. Esto es, el 90 por ciento de la exhibición se le otorgó a EUA y el 10 para México. En su ensayo Las condiciones de la producción nacional el productor mexicano, Alfonso Rosas Priego, señala que Jack Valenti, presidente de la Motion Pictures Asociation -organización que vela por los intereses de las grandes casas productoras como Universal, Disney, Paramount, Warner Bros, entre otros- y aliado en aquel entonces de la Casa Blanca, amenazó a Salinas de Gortari con negarse a firmar el TLCAN si no entraba en juego las negociaciones sobre el cine mexicano.

En este tenor, que, según palabras de Curiel Icaza, esta nueva ley garantice el 10 por ciento de la exhibición para películas mexicanas, no es nuevo; aunque remarcó la funcionaria que antes se hacía una vigilancia anual para verificar que se cumpliera con la disposición, ahora esas revisiones se harán incluso semanalmente. Entonces, de entrada, no es extraño que actualmente en cartelera veamos que cintas como La empleada o Cumbres borrascosas estén un mes al menos en cartelera, aunque tal vez nadie haya visto aún No nos moverán, cinta mexicana reciente que apenas se le conoció por intentar representar a México en los Óscares 2026.

Ahora bien, esto deja ver dos cosas. En primer lugar, que en 34 años poco o nada ha pasado con la exhibición en México y, en segundo lugar, que al final no se especificó si en ese 10 por ciento se incluirá el arribo de películas de otras partes del mundo, especialmente de Latinoamérica. Esperemos que la discusión de esto se dé en la Cámara de Diputados, puesto que como hemos visto EUA no cambiará sus intereses.

Por otro lado, en torno a la pregunta de si el cine mexicano merece tener un 10 por ciento garantizado en salas de cine, habría que tener en cuenta un par de factores para evitar caer en prejuicios. En primer lugar, un titular del tipo “Garantizan 10 por ciento de exhibición de películas mexicanas en salas de cine” puede ser leído como un tipo de imposición. El público mexicano acostumbrado a elegir qué ver cuando acude al cine verá en esta medida una imposición o incluso una intromisión del gobierno en asuntos privados. La trillada versión neoliberal y conservadora de que el gobierno no respeta la libertad individual es resultado justamente de esa psicologización de un sistema capitalista que explota la visión individualista de las personas.

De entrada, justamente se pretende elegir qué ver cuando vamos al cine, pero si en las 10 salas que hay en 9 hay un blockbuster hollywoodense con horarios de 12:00 a 22:00 horas, sumado a una saturación de publicidad y marketing en Instagram y TikTok de la cual pocos pueden escapar, es evidente que muy autónomos que seamos no es verdad. No obstante, caer en el discurso peor y más trillado de “el cine comercial es basura en relación al cine cultural” (sea lo que se entienda por ello), es azuzar más el problema que cuestionarlo.

Curiel Icaza mencionó que, a diferencia de la ley de 1992, la cual veía el cine como una mercancía -y que para funcionarios mexicanos era justificación para tratar por igual a un libro y un par de zapatos- tal y como lo señaló el cineasta, Víctor Ugalde, en su ensayo Las industrias culturales ¿materia de excepción o no?, la nueva legislación de este 2026 apreciará al cine en su aspecto cultural. El problema de esto surge y seguirá siendo, en opinión propia, funcional a la ideología de Hollywood porque, entre otras cosas, imposibilitará hacer cuestionamientos fuertes y contundentes contra películas comerciales porque “no son serias”, pese a que justamente ahí se juegan complejas relaciones de poder. De nada servirá ignorar, por ejemplo, las películas de Marvel en favor del cine de arte, cuando aquellas escenifican y estetizan el intervencionismo de EUA, las inversiones multimillonarias, la corrección política y la justificación de la demanda del público porque “gustan”, entre otros temas.

Walter Benjamin comprendió la función bipartita del cine. Imaginó un cine para entrenerse, esto es, cintas para reír y desde ese sitio generar crítica. Tal vez una visión que poco se compartió por la industria cultural de Theodor Adorno y Max Horkheimer. Pero quizá, el cine se juegue en un terreno con límites difusos, un sitio que comparte crítica y ocio, que desentraña y desmembra rincones de la experiencia humana que pretenden ser limitados por fuerzas que no comprendemos pero que se anidan en el corazón de la política y las relaciones de poder.

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