LA SILLA VACÍA Y EL «RELLENO» DE CUOTA: EL LIDERAZGO FEMENINO MÁS ALLÁ DEL PRESÍDIUM.

 

Por: Blanca Caballero

No hace falta ser una experta en sociología para notar un fenómeno que se repite con una frecuencia alarmante en nuestros eventos públicos, académicos y políticos. Basta con observar la fotografía oficial de cualquier presídium: una fila de trajes oscuros, corbatas y, si acaso, una o dos mujeres ubicadas estratégicamente en las orillas.

A esta práctica, algunos la llaman «protocolo»; otros, con un poco más de cinismo, la llamamos «el relleno del requisito».

La simulación del equilibrio

En la lucha por la igualdad, hemos avanzado en lo legal, pero nos hemos estancado en lo cultural. Hoy, las organizaciones se sienten obligadas a cumplir con la paridad de género, pero muchas lo hacen desde la simulación. Se invita a una mujer al presídium no por su capacidad de decisión o por el valor de su trayectoria —que le sobra—, sino para que la foto «no se vea mal».

Esas sillas ocupadas por compromiso son un grito silencioso de desigualdad. Son espacios donde la mujer está presente físicamente, pero su voz no tiene el mismo peso en la toma de decisiones que se gestaron antes de subir al estrado. Es un liderazgo de aparador que no rompe techos de cristal, solo los barniza.

De la mesa familiar a la estructura social

¿Por qué nos empeñamos en que este equilibrio sea real y no solo visual? La respuesta es sencilla: porque la visión femenina no es un lujo decorativo, es una necesidad de bienestar integral.

En la organización familiar: Históricamente, la mujer ha sido la gestora del bienestar, la que equilibra la empatía con la disciplina y la que administra no solo recursos, sino emociones. Cuando esa misma capacidad se traslada a la política o a las direcciones de los planteles educativos, el enfoque cambia. Se prioriza lo humano, lo preventivo y lo comunitario.

En lo social y político: Un presídium equilibrado no solo es «justo», es más inteligente. La diversidad de pensamiento genera soluciones más robustas. Cuando una mujer ocupa un cargo de liderazgo real, las políticas públicas dejan de ser abstractas para atender realidades que solo quien ha vivido la doble jornada o el cuidado de otros puede entender.

Pensemos en los comités ciudadanos de planeación urbana o en las mesas directivas de grandes corporativos. ¿Cuántas veces las propuestas de desarrollo sostenible o de impacto social lideradas por mujeres son recibidas como «temas secundarios» frente a la frialdad de los números?, o en la política municipal, ¿cuántas regidoras son silenciadas cuando cuestionan presupuestos que no impactan en la seguridad de las familias?

Si el liderazgo femenino sigue siendo visto como un «cumplido» y no como una columna vertebral del desarrollo, seguiremos construyendo una sociedad coja, que intenta caminar con una sola pierna mientras mantiene la otra atada por prejuicios.

Si hoy miraras la estructura de poder en tu entorno más cercano, ya sea en tu trabajo o en tu comunidad, y quitaras a las mujeres que están ahí solo «por compromiso»… ¿cuántas voces quedarían realmente sentadas en la mesa de las decisiones importantes?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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