Congreso de Puebla otorga reconocimiento especial a Aida Bautista por 62 años de partería y vocación.

 

Alma Méndez

Cuando la vida estaba a punto de llegar y no había un hospital cerca, ahí estaba ella. Con conocimientos de enfermería y una fe inquebrantable en su oficio. Aida Bautista Garcilazo, originaria de Chalchicomula de Sesma ha sido, durante más de 62 años, testigo del inicio de miles de historias. Más de tres mil niñas y niños nacieron bajo su cuidado, en casas humildes, comunidades apartadas y caminos donde la urgencia no daba margen a la espera.

Su historia como partera tradicional comenzó en 1962, en el municipio de Guadalupe Victoria. Aquella primera experiencia, cuando ayudó a traer al mundo a una niña llamada Aida, marcó el rumbo de una vida dedicada al acompañamiento del nacimiento. Desde entonces, su nombre comenzó a correr de boca en boca, como sucede en los pueblos cuando alguien se gana la confianza a pulso y con resultados.

Aida Bautista no solo atendía partos; también calmaba miedos, sostenía manos temblorosas y daba certeza a familias enteras. Su trabajo, explica, siempre estuvo estrechamente ligado a personas de bajos recursos, muchas de ellas sin posibilidades económicas para pagar un hospital privado o con centros de salud ubicados a varias horas de distancia. En esos contextos, su presencia significó, en muchos casos, la diferencia entre la angustia y la esperanza.

Con estudios en enfermería, supo unir el conocimiento médico con la partería tradicional, una práctica ancestral que se transmite con la experiencia y la observación. Esa combinación le permitió enfrentar partos complicados y saber cuándo era necesario referir a una mujer a un hospital, priorizando siempre la vida y la seguridad tanto de la madre como del bebé.

A lo largo de las décadas, fue llamada de madrugada, en días festivos, bajo la lluvia o en pleno frío. No importaba la hora ni la distancia. “Cuando tocaban a la puerta, yo ya sabía a qué iba”, recuerda. Y aunque su trabajo pocas veces fue remunerado como merecía, la satisfacción siempre llegó de otra forma: en el llanto del recién nacido, en el alivio de la madre y en el agradecimiento silencioso de las familias.

Con el paso del tiempo, muchos de aquellos bebés se convirtieron en adultos. Algunos hoy son padres, otros profesionistas, y muchos siguen reconociéndola cuando la encuentran. “Ya están grandes y todavía me deben su nacimiento”, dice entre risas, con ese tono pícaro que delata orgullo y cariño por una labor que nunca asumió como sacrificio, sino como vocación.

A través de la Comisión de Cultura del Congreso del Estado de Puebla que encabeza la diputada Azucena Rosas Tapia, le otorgó un reconocimiento por más de 60 años de servicio como partera tradicional, un homenaje que simboliza décadas de trabajo invisible, pero fundamental, especialmente en zonas rurales donde la partería ha sido históricamente un pilar de la salud comunitaria.

Para Doña Aida, como se le conoce en la zona, ser partera no fue solo un oficio, fue una responsabilidad asumida con el corazón. Una manera de servir, de cuidar y de acompañar la llegada de la vida. Su historia es la de una mujer que entendió que traer al mundo a un ser humano es un acto profundo de amor y compromiso, y que durante más de seis décadas decidió estar ahí, sin faltar.

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