Entre rezos, cansancio y gratitud: la ciudad se vuelca a La Virgen de Guadalupe.

 

Delia Soriano

Desde antes de que amaneciera, el Santuario de Guadalupe —La Villita— comenzó a llenarse de pasos cansados, flores frescas y murmullos que se mezclaban con el frío de la madrugada. Cientos de poblanos y visitantes emprendieron su camino hacia la imagen de la Morenita del Tepeyac, algunos después de caminar kilómetros, otros cargando veladoras o ramos que, pese al peso, sostenían con orgullo y devoción.

A lo largo del Paseo Bravo, la escena se repetía: familias completas avanzaban despacio, muchos con niños vestidos de Juan Diego, mientras peregrinos provenientes de distintos municipios llegaban en grupos, algunos todavía con el aliento corto después del trayecto. “Vale la pena”, murmuraban entre ellos, apretando el paso para alcanzar misa o simplemente para colocar su ofrenda frente a la Virgen.

Conforme avanzaba la mañana, las inmediaciones del Santuario y del Seminario Palafoxiano se convirtieron en un río humano. Los puestos de comida, artesanías y artículos religiosos formaban un corredor festivo que acompañaba la ruta hacia los templos, donde las campanas marcaban cada hora las celebraciones eucarísticas por el 494 aniversario de la aparición de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac.

En el Seminario Palafoxiano, el fervor se sentía desde los primeros metros. Los niños “Juan Dieguitos” posaban para fotos y participaban en las actividades religiosas, mientras sus familias esperaban bajo el sol o entre sombras improvisadas con paraguas. Muchos salían de misa con los ojos brillosos, llevando sus imágenes recién bendecidas, flores o medallas que guardaban con cuidado entre las manos.

Frente al Santuario, la música de mariachi abría paso a los rezos; las danzas tradicionales levantaban el ánimo de quienes habían llegado después de largas jornadas caminando. Grupos enteros entraban de rodillas al atrio, agradeciendo favores o pidiendo salud para quienes no pudieron asistir. Era un ir y venir de pasos decididos, de cuerpos cansados pero de fe inquebrantable.

Autoridades municipales mantuvieron cierres viales en el perímetro para dar paso libre a la marea de devotos que colmó la zona durante todo el día. Personal de vialidad y Protección Civil recorría los accesos, atentos a cualquier incidencia ante la gran concentración de familias y peregrinos.

Las misas en el Seminario Palafoxiano se celebraron cada hora hasta las 18:00 horas en la Capilla del Seminario Mayor, pero una de las ceremonias más esperadas se programó para la tarde: la tradicional Misa de Rosas, presidida por el Obispo Auxiliar de Puebla a las 19:00 horas. Se anticipaba un templo lleno, igual que en la Catedral Angelopolitana, donde también se prepararon oficios especiales a las 18:00 y 19:00 horas.

La jornada avanzó entre cantos, plegarias y el incesante flujo de peregrinos. Y aunque los cuerpos ya mostraban cansancio al caer la tarde, el fervor de los devotos mantenía viva la tradición que, año con año, convierte las calles de Puebla en un testimonio colectivo de fe, esfuerzo y gratitud.

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