Ni siquiera el pan y el circo pueden sostenerse sin agua potable

Por José Alfredo Ramírez Orduña

No estamos preparados para una crisis hídrica en el Estado.

La noticia que ha causado revuelo en la semana, la contaminación del agua en Jalisco, ha dejado a casi un millón de personas sin acceso a agua potable limpia debido a la inmundicia en la presa Las Pintas y del sistema antiguo de Chapala. En estas fuentes se detectaron descargas residuales irregulares que han causado que sus habitantes reporten sarpullidos, irritación ocular y problemas gastrointestinales por el contacto con agua contaminada.

La Zona Metropolitana de Guadalajara ha sufrido una considerable reducción en las ventas de la industria alimentaria y de bebidas ante la interrupción en sus procesos de producción por falta de agua limpia. No obstante, el verdadero problema lo padece su gente: la carencia de agua potable ha provocado riesgos sanitarios considerables, especialmente en adultos mayores, niñas y niños, lo que ha derivado en una profunda indignación social por la respuesta tardía de las autoridades; la situación incluso abre la posibilidad de brotes de enfermedades como hepatitis y cólera.

Este problema no solo afecta a la Perla del Occidente, sino que constituye una advertencia general y evidencia la urgencia de establecer medidas que pongan un alto al incalculable deterioro ambiental. Jalisco ha sido un referente nacional por su cultura y su comercio, por lo que su crisis anticipa lo que puede ocurrir en otros estados como Puebla, donde el 83% del agua se destina al sector agropecuario, pero únicamente el 18% de la superficie sembrada cuenta con sistemas modernos de riego que permiten aprovechar el agua de manera eficiente, reduciendo pérdidas por filtración, evaporación o escurrimiento.

Si el agua se deteriora, Puebla podría perder más del 40% de su valor agrícola en menos de 20 años. Cada litro desperdiciado en el campo equivale a tres litros perdidos en producción alimentaria, sin mencionar que el sector ganadero, que depende de agua limpia, enfrentaría crisis de inventarios y precios, afectando directamente la dieta básica de la población.

Para una mayor claridad de la importancia de los sistemas modernos de riego, ese 18% que ha citado concentra el 44.6% del valor agrícola estatal, equivalente a más de 12 mil millones de pesos, mientras la superficie de cultivos sembrados, son principalmente de maíz, frijol y sorgo, los cuales son altamente vulnerables a sequías. Sin agua limpia, no hay posibilidad de vivir dignamente.

Las principales fuentes hídricas de Puebla, los ríos Alseseca, Atoyac, Nexapa y Metlapanapa, así como la Presa de Valsequillo, no han sido saneadas de manera efectiva. La contaminación industrial y urbana persiste, poniendo en riesgo la salud de miles de habitantes y la seguridad alimentaria del estado. A ello se suman los problemas de deforestación que enfrentan las cuencas de la Sierra Norte por la falta de resultados contundentes en los programas de gobernanza ambiental.

Por más cuidados personales y comunitarios que se realicen, gran parte de la solución radica en la toma de decisiones trascendentes, como la inversión en plantas de tratamiento con operación continua y transparente y sancionar de forma ejemplar las descargas ilegales de residuos de empresas y municipios. Las inundaciones y desbordamientos en la ciudad son indicios que muestran que hay prioridades que no se están atendiendo correctamente. Como ciudadanos es necesario exigir políticas públicas que garanticen una vida digna y seguridad alimentaria, por lo que en el próximo cortejo ciudadano que representan las elecciones del Proceso Electoral 2026-2027, es urgente se presenten respuestas efectivas para evitar una crisis de la que no habrá retorno. Ni siquiera el pan y el circo pueden sostenerse sin agua potable.

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