Daniel Sandoval
Ya han pasado más de dos semanas desde el estreno de Digger, la película más reciente del director mexicano Alejandro González Iñárritu, y me rehúso a caracterizarla como una película de «crítica social», al igual que algunos otros filmes que expondré en este comentario.
La cinta trata sobre Digger Rockwell, un magnate de una empresa petrolera cuya actividad ocasiona una explosión en Groenlandia, la cual provocará que una plataforma de hielo se desprenda de la Antártida y viaje a Europa para generar un tsunami. Sin embargo, la película cambia el tono de la discusión al señalar que ese evento apocalíptico ya ocurrió y que lo que estamos viendo es una representación teatral de lo sucedido.
Decidí titular este comentario Digger y el Gallo Claudio en clara referencia al personaje animado que aparece en la cinta Coyote vs. Acme, estrenada hace unas semanas, y, en específico, al discurso que ambos comparten en sus respectivas películas.
En Coyote vs. Acme, el Gallo Claudio, CEO de Acme Corporation, expresa un discurso en el que moraliza la relación entre el abuso contra los personajes animados durante la fabricación de objetos cotidianos y la sociedad que consume precisamente esos objetos. El Gallo Claudio se atreve a señalar a la sociedad en general porque es esta la que goza de la supuesta comodidad que ofrecen los productos creados a partir del maltrato. Solo le faltó llamarnos hipócritas por utilizar objetos que «esconden el abuso» perpetrado contra los personajes animados, algo que, en su traducción social, puede entenderse como el maltrato y el abuso contra los animales en la fabricación de cosméticos, por ejemplo.
En Digger encontramos un argumento similar. Tras hacerse público que su empresa petrolera está detrás de un cataclismo mundial, el empresario se somete al escrutinio público y articula un discurso que remarca la complicidad entre la sociedad y las empresas que deterioran el medio ambiente. En términos generales, tanto Digger como el Gallo Claudio culpan también a la sociedad por consumir y beneficiarse de los productos que sus empresas fabrican, por lo que esta también tendría parte de la responsabilidad en la crisis climática que azota al mundo. Nada que no se nos haya dicho ya.
El problema es que uno ya se cansa de ver recurrentemente en pantalla esta representación de la paranoia del hombre blanco occidental. Me refiero a esa fascinación articulada a través de una línea narrativa en la que las películas muestran qué pasaría en el mundo si este fuera golpeado por una catástrofe. La fórmula es casi siempre similar, pero el ingrediente extra es que ahora la sociedad en general también tiene la responsabilidad de que el mundo esté «cayéndose a pedazos».
Ahí va otra película con «crítica social» que busca «concientizarnos sobre el peligro inminente de la crisis climática». Y no, esto no es una defensa de la postura reaccionaria que pretende desmantelar la discusión sobre crisis sociales profundas con tan solo negarlas. Al contrario, lo que cuestiono es la forma en que se presenta el discurso: este se limita al alarmismo y al sensacionalismo, sin poner sobre la mesa una visión quirúrgica de cómo se articula la crítica en una película de este tipo.
Por momentos, Digger me recordó a Don’t Look Up (Adam McKay, 2021), sobre todo por esa paranoia ante el fin del mundo, que parece preferible a que se termine con la injusticia social, el abuso y el atropello a los derechos humanos.
Estas películas con «crítica social», ¿realmente lo son? No me refiero a adoptar una posición de superioridad para dictaminar qué es una crítica y qué no lo es, sino, más bien, a examinar cómo se articularon los argumentos para ejercerla y desde qué aspectos se construyó.
Digger juega con la paranoia del hombre blanco occidental y, en algún punto, busca generar un tono de alarma en torno a un tema cuya solución requiere de muchas cosas, menos de discursos sensacionalistas.
Ese fue mi problema con la cinta, pero también con otras películas, empezando por Don’t Look Up. En definitiva, mi cuestionamiento se dirige a estas producciones que se promocionan como críticas, pero que terminan por ser muy reaccionarias.
