Daniel Flores
Me considero fan de la Odisea de Homero. Desde que leí el poema en la carrera, hace ya como nueve años, no he parado de buscar, leer y admirar todo lo relacionado con él. Incluso la película de Bob Esponja, en la que emprende una aventura para recuperar la corona del rey Neptuno, que fue robada presuntamente por Don Cangrejo, me encantó antes de saber que estaba basada en la mitología de Odiseo. Sin embargo, las referencias al poema, de una u otra forma, son muy populares.
Tampoco escondí mi expectación cuando me enteré de que habría una nueva versión cinematográfica de la Odisea. No obstante, no me gustó que Christopher Nolan fuera el encargado de dirigirla. Y es que, aunque encaja bien con el cine monumental que ha hecho de la carrera del director inglés un estandarte —hay que recordar Oppenheimer— y que a mí, propiamente, se me hace espectacular, creo que, pese a todo, es un exponente de la propaganda contemporánea de Hollywood. Por esto, cualquiera podría tacharme de crítico extremadamente subjetivo, pero no creo que sea así del todo.
Por ello, mi propósito es más bien lanzar preguntas sobre la película, aunque todas ellas se engloban en una: ¿por qué, a diferencia del poema homérico, a Odiseo se le describe como un alma errante y agobiada, que se siente culpable de la guerra en Troya, y no como esta alma habilidosa y diestra que presentó el poema hace más de dos mil años?
En el poema, la destreza de Odiseo es resaltada en varias partes, pero queda aclarada cuando se encuentra con el gigante Polifemo y le dice que se llama «Nadie». Esto será útil, pues cuando él y sus hombres lastimen a la criatura fantástica, esta pedirá auxilio diciendo que «Nadie» lo lastimó y, por ello, no recibirá ayuda. Pero en la cinta de Nolan se omite esta escena. Espero que sea por cualquier otro motivo que no alimente mi conspiración contra el cine que hace él.
Pero lo clave es que Odiseo jamás mostró arrepentimiento o culpabilidad por el conflicto de Troya. Es más, su regreso a casa forma parte del mundo homogéneo en el que vive y que describe Georg Lukács en Teoría de la novela; esto es, el guerrero se mueve en el mundo como si fuese parte de él. El Odiseo de Nolan es torpe, frustrado, abrumado por la acción de traicionar la hospitalidad de los troyanos. Esto se refuerza con la «Ley de Zeus», que tanto se repite en la película, mas no así en el poema, o no, al menos, tan claramente como para nombrar a la «Ley de Zeus».
Es decir, gran parte de la película se erige bajo la idea de la hospitalidad: lo vemos con los pretendientes de Penélope, que abusan de esta hospitalidad; lo vemos con Menelao, cuando recibe a Telémaco; lo vemos con el propio Eumeo, cuando recibe al viejo pordiosero y lo trata con gentileza y amabilidad, sin saber que en realidad era su amo. Por ello, Odiseo se siente culpable de violar la Ley de Zeus con el caballo de Troya y así se la pasa durante casi toda la película. Además, se le ve torpe porque se aflige por la muerte de todos sus compañeros en el intento de regresar a casa.
Lo que proyecta el cine tiene ecos en el mundo. Y no me refiero a que las lecciones que da una cinta cinematográfica eduquen a cabalidad las conciencias de una sociedad. Más bien aparecen como un clima, brotan al aire y permanecen en él como partículas de polvo, esperando encontrar (o moldear) un pensamiento. Las películas no son conductuales, a la manera de la psicología conductista, como si aquellas fueran un estímulo directo para las personas. A los filmes —en Hollywood— les gusta la intermitencia lenta; les gusta sembrar ideas en la sociedad que más tarde recogerá.
Con la Odisea, ¿por qué queremos ver la historia de un guerrero —un militar, un presidente, un dirigente— que se siente afligido por dominar, intervenir y conquistar otros territorios? ¿Esta será una pregunta pedante y altanera, o una cuestión profunda sobre una realidad latente de la segunda década del siglo XXI?
