Menos hijos, familias más pequeñas y una generación que está cambiando para siempre nuestra forma de vivir.
Ideas en Territorio
Por Raúl Contreras
Hubo un tiempo en que una reunión familiar podía juntar a 50, 80 o hasta 100 personas. La casa de los abuelos era el punto de encuentro: tíos, primos, hermanos, sobrinos y nietos llegaban de distintos municipios, estados o incluso países. Había niños corriendo por el patio, sobremesas interminables y familiares que uno apenas conocía porque, sencillamente, eran demasiados. No es nostalgia, es una transformación demográfica que ya está ocurriendo.
En México, la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica 2023 del INEGI registró una tasa global de fecundidad de apenas 1.60 hijos por mujer, cuando en 2018 era de 2.07. Es decir, en apenas cinco años cayó por debajo del nivel de reemplazo generacional de aproximadamente 2.1 hijos por mujer. Y las cifras más recientes de nacimientos tampoco apuntan a una recuperación: en 2025 se registraron 1,678,532 nacimientos, prácticamente el mismo número que en 2024. (INEGI, ENADID 2023; Estadística de Nacimientos Registrados 2025).
El cambio también se observa dentro de los hogares. La ENIGH 2024 encontró que el tamaño promedio de un hogar mexicano bajó a 3.4 integrantes, mientras que el promedio de menores de 15 años por hogar pasó de 1.00 en 2016 a apenas 0.75 en 2024. En esos mismos años, los integrantes de 65 años o más aumentaron 21.3%. (INEGI, ENIGH 2024).
Eso significa que no solamente nacen menos niños sino que hay menos niños alrededor de nosotros y eso cambia la infancia.
El niño que antes tenía dos, tres, cuatro o más hermanos y una docena de primos puede convertirse en hijo único, con uno o dos primos cercanos y abuelos que viven lejos. Las posadas, las reuniones de Navidad, Año Nuevo, 15 de septiembre, las vacaciones de verano y los domingos en casa de los abuelos también pueden comenzar a ser reuniones más pequeñas.
La familia mexicana tradicional, entendida como aquella enorme red de parentescos y convivencia, no está desapareciendo de un día para otro, se está haciendo más pequeña.
Pero la natalidad no es el único cambio.
En 2024 se registraron en México 486,645 matrimonios, 3% menos que en 2023 y una tasa de matrimonios de 5.4 por cada mil habitantes de 18 años y más, frente a 6.9 en 2015. Ese mismo año se registraron 161,932 divorcios: 33.3 divorcios por cada 100 matrimonios. En 2015 la relación era de 22.2. (INEGI, Estadística de Matrimonios y Estadística de Divorcios 2024).
Estos números no permiten afirmar que el divorcio sea por sí mismo la causa de la menor natalidad, pero sí muestran que las formas de construir una familia están cambiando y por consiguiente no hay familias duraderas como las que nos tocaron.
Aparte, también cambió la manera de conocernos.
Las redes sociales abrieron el mundo entero desde la pantalla de un teléfono, ya no conocemos únicamente a quien vive en nuestra calle, colonia, escuela, universidad o pueblo, también podemos conocer personas de cualquier lugar y de cualquier nivel económico. Al mismo tiempo, vemos diariamente vidas aparentemente perfectas: viajes, casas, restaurantes, automóviles, cuerpos perfectos y relaciones perfectas, el problema es que muchas veces vemos el resultado y no el proceso o no sabemos qué es verdad y qué es mentira.
Nuestros padres quizá tardaron veinte años en comprar una casa, conseguir un automóvil y construir cierta estabilidad pero nosotros podemos sentir que esa misma vida debería llegar inmediatamente. Un teléfono de 30 mil pesos, un café de más de 100, videojuegos, conciertos, viajes y consumo constante compiten por el mismo dinero que alguna vez tendría que convertirse en ahorro, patrimonio o vivienda y dicha vivienda se ha convertido en uno de los grandes obstáculos.
En 2025, el valor promedio de una vivienda adquirida mediante crédito hipotecario en México fue de 1.86 millones de pesos, mientras que la mediana fue de 1.21 millones. En la zona metropolitana Puebla-Tlaxcala, el precio de la vivienda aumentó 8.7% durante ese año. (Sociedad Hipotecaria Federal, Índice SHF de Precios de la Vivienda 2025).
Mientras tanto, una generación entera posterga la compra de una casa, vive con sus padres o comparte una renta con otras personas, los famosos “roomies”.
No es difícil entender por qué formar una familia puede parecer cada vez más complicado cuando primero hay que resolver vivienda, empleo, transporte, salud, educación y estabilidad económica.
Pero también hay un cambio cultural. Hay hombres que quieren casarse y tener hijos y no encuentran una pareja con un proyecto de vida compatible. Hay mujeres que legítimamente han decidido no ser madres o postergar la maternidad. Hay hombres y mujeres que prefieren viajar, desarrollar una carrera, disfrutar de su independencia o simplemente no tener hijos, no existe una sola explicación.
También existen nuevas expectativas sobre el amor y la pareja: queremos estabilidad, pero muchas veces sin atravesar el proceso de construirla; queremos una casa, pero no siempre estamos dispuestos a pasar años pagándola; queremos viajes, automóviles y una vida cómoda, pero no necesariamente queremos comenzar desde abajo.
Las redes sociales, el consumo y nuevas formas de relacionarnos no son responsables por sí solos de esta transformación. Pero sí forman parte de un mundo donde la paciencia, el compromiso y la construcción a largo plazo compiten contra la inmediatez. Y esto ya no es solamente mexicano.
La Organización de las Naciones Unidas reportó que la fecundidad mundial fue de 2.2 hijos por mujer en 2024, frente a aproximadamente 5 en la década de 1960. Más de la mitad de los países y territorios del mundo ya se encuentran por debajo de 2.1. En China, Corea del Sur, Singapur y Ucrania, la fecundidad ya está por debajo de un hijo por mujer. La ONU proyecta que la fecundidad mundial podría llegar a 1.8 en 2100.
Por eso recientemente volvió a circular una frase de Elon Musk: “Humanity is dying out”, al referirse a la caída mundial de los nacimientos. Su afirmación es deliberadamente contundente; los datos demográficos, en cambio, muestran un proceso mucho más complejo: la población mundial todavía crece, pero las generaciones jóvenes son cada vez más pequeñas y muchas sociedades están envejeciendo.
Hay una paradoja todavía más inquietante.
Mientras nosotros somos menos, la tecnología avanza hacia máquinas cada vez más capaces de realizar tareas que antes dependían exclusivamente de las personas. La Federación Internacional de Robótica reportó que en 2025 ya había 5 millones de robots industriales operando en fábricas del mundo, más del doble que siete años antes. La inteligencia artificial, la robótica y los robots humanoides apenas están comenzando su desarrollo.
Quizá algún día tengamos que preguntarnos qué clase de mundo estamos construyendo: uno con menos niños, menos hermanos, menos primos y familias más pequeñas, pero con cada vez más máquinas capaces de trabajar, producir y acompañarnos.
Tal vez nuestros hijos no recordarán aquellas casas llenas de primos, las comidas interminables con los abuelos, las posadas con toda la familia o aquella sensación de que siempre había alguien a quien visitar. Tal vez un día esas fotografías de familias enormes sean solamente eso: fotografías de una época que ya no existe.
La humanidad difícilmente desaparecerá mañana. Pero algo sí está desapareciendo frente a nuestros ojos: la familia numerosa que durante generaciones fue una de las formas más profundas de entender la vida en México.
Realmente para quién estamos construyendo el futuro en nuestro planeta. ¿Vale la pena?
¿Ustedes creen que estamos ante una evolución natural de la sociedad o estamos perdiendo algo que nunca podremos recuperar?
