Raíces del Agua e Hilario: enredados entre vida y entorno

Daniel Sandoval

En el marco del II Coloquio Instituciones del Arte y Prácticas Culturales, que se celebró en el Museo San Pedro de Arte de la ciudad de Puebla la semana pasada, se presentaron dos cortos que me gustaron mucho. Tal cual. Uno es un proyecto de investigación llamado Raíces del Agua sobre los patrimonios bioculturales y geoculturales en la comunidad de Santiago Acatepec, en el Valle de Tehuacán. El otro, Hilario es un cortometraje sobre un hombre de la tercera edad que es el abuelo del director de la cinta y nos presenta con imágenes todo lo que es. Pese a las claras diferencias existentes entre una y otra grabación, se me hicieron muy similares. Y esto debido a lo común que tienen para mí: el diálogo con las propias raíces de un sujeto y una comunidad.
En lo que refiere al documental sobre Acatepec dialoga sobre la forma en que una comunidad adquiere identidad a través del agua, y cómo cambia la visión de mundo cuando esta deja de existir. En el cortometraje se oye a un habitante contar una historia sobre un río que existió en la comunidad, pero que desapareció. Dice que hubo un anciano que relataba que por el río «corría oro», pero la gente no comprendía a qué se refería. «Bueno –cuenta el habitante– el agua del río era el oro, pero ya se secó». El cortometraje habla la relación entre el propio entorno geológico de la comunidad de Acatepec y el agua, en un sentido vital muy amplio. «Los suelos del Valle tienen una historia ligada al agua», dice la narradora que señala la conformación de la identidad de una zona de Tehuacán a través del agua. Y poco antes dice: «Explorar las huellas del agua es una manera de conectar con nuestras raíces. Es comprender nuestros modos más antiguos de habitar el mundo». El agua no es entonces sólo un mero recurso natural, sino más bien un complejo entramado de conexiones entre vida y mundo, entre comunidad y ecosistema. El líquido vital es la más alta valoración de mundo y, por tanto, sello de comunión entre vida humana y naturaleza. Distinguir una y otra, en este caso, parece más bien un sinsentido.
Esta es la relación entonces que considero respecto al segundo cortometraje que fue exhibido en el coloquio: Hilario. Aquí las raíces son genealógicas, más que geológica. La vida primera de un ser humano que da pie a generaciones. Escuchar al director José María Jiménez contar la historia de su abuelo es un ejercicio de memoria antes que de vida porque justo la vida sucede porque la podemos recordar. Es un cortometraje que mezcla a un hombre con su entorno. Desde las cuatro paredes de un cuarto que lo vio crecer desde la infancia, hasta la comunidad de San Bernardo que lo acoge. El metraje me parece un ejercicio fílmico de ternura, unión y conexiones interpersonales. La imagen de Hilario entrelaza la luz de la vida hasta que esta se hace polvo. Aquí el entorno tiene una voz y un cuerpo, el cual se materializa en largas caminatas que Hilario hace frente a cámara. Y es la fotografía quien se queda fija, como si quisiera congelar el tiempo. La imagen tiene textura, volumen y profundidad. Es un prisma plagado de recuerdos y raíces. Los objetos, que alguna vez acompañaron al hombre, ahora son espacios vacíos, memoria de lo que un día fue y ahora pertenece al tiempo. El cortometraje transforma la vida de Hilario, no por lo que es sino por lo que fue, y lo que fue es historia, narración, sonrisas, tiempos congelados en una tarde, pero también son espacios habitables, cuerpos que se enredan con otros cuerpos, identidades que crecen en comunidad al pie de cerros, montañas y raíces verdes, en una palabra, son vida. O como dijo José Ortega y Gasset, sólo tenemos nuestra historia y no es nuestra.

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