Por José Alfredo Ramírez Orduña
Conversar sobre la dignidad resulta incómodo para mucha gente porque no la practican. No estamos acostumbrados a ser congruentes porque nuestros intereses no nos lo permiten, pero, ¿y si sí nos importara?
Con el gusto o sin el, convivimos en varios entornos sociales y el respeto es una máxima que todos hemos aprendido para conducirnos con los demás; aunque en la cotidianidad, se suele llevar el trato a un modo en automático hasta que se distorsiona. Incluso la cortesía se puede dejar pasar por alto por urgencia, porque no es una prioridad o porque dejó de serlo.
Es incómodo platicar sobre la dignidad porque no la comprendemos totalmente o no se conoce todo lo que la comprende. Comúnmente se confunde con el orgullo o con el honor y aunque cada uno tiene sus elementos que los distinguen, es fácil obrar bajo una falsa idea. El orgullo es notorio para qué lo hemos empleado, mientras que la dignidad y el honor pierden cierto interés si son considerados abstractos o poco claros. Se sabe que la reputación y la etiqueta marcaban el ritmo de las relaciones sociales; pero hoy, ¿para qué son útiles?
La dignidad sirve para evitar que las personas sean ninguneadas o convertidas en objetos o instrumentos de otras personas, para reconocer en otro ser humano un carácter de derechos y oportunidades sin condiciones ni contexto que lo sujete. Existen acciones que la incentivan y otras que la vuelven complicada. Haber normalizado la indiferencia y cultivado una actitud de poco interés mientras no nos afecte directamente en la persona ha perjudicado en la familia y la sociedad mexicana por años.
¿Se tienen dudas de lo anterior? Hemos visto innumerables muertes de gente sin rostro en accidentes al frente de una pantalla. Hemos leído las tragedias de los desastres naturales por lluvias y terremotos. Hemos tenido conocidos que sufren circunstancias atroces de salud, seguridad o integridad y, cada vez es más común enterarnos de sucesos similares y ser menos sensibles ante el horror y la tragedia ajena. Perdemos humanidad y aunque no es necesario que nos importe cada aleteo que suceda a nuestro alrededor, sí resulta indispensable escapar del abismo de nuestro propio ensimismamiento.
¿Qué se hace? Se empieza por aceptar que la dignidad no es selectiva. Nuestra dignidad es falsa si la reservamos con unos sí mientras que con otros no. Tampoco es una moda o una forma de llamar la atención. La dignidad crece cuando se reconoce la dignidad en otras personas. Se alimenta del reconocimiento y entre más se perciba en el entorno más se identificará en las actividades diarias y la rutina. En la luz de la claridad. Y si por alguna razón y pese al esfuerzo no se encuentra en el entorno, que no nos sorprenda reconocer la ausencia de la dignidad tan cerca de nosotros.
¿La dignidad puede ser vulnerada? Ante todo, se debería especificar y delimitar nuestro concepto de dignidad. Darle una forma a la idea. Establecer con una ruta, una solución clara a un problema claro. La dignidad individual es una elección: decidimos nuestros límites y la manera en la que le enseñamos a los demás a como conducirse dignamente con nuestra persona. Sin rodeos. Pero, ¿cuál es el mínimo de condiciones con las que cuenta una persona para la defensa de su dignidad? ¿cuál es el piso en el que se construye todo lo demás?
La respuesta pertenece a la materia jurídica. En uno de los actos de mayor relevancia del Derecho Mexicano, se empleó la dignidad como el eje de la reforma constitucional en materia de Derechos Humanos del diez de junio del año dos mil once. Además de marcar el inicio de la Décima Época del Semanario Judicial de la Federación, estableció una nueva interpretación normativa que dotó de verdadera fuerza a los derechos fundamentales que se encontraban redactados de manera abstracta e indeterminada.
Desde el ámbito de las normas jurídicas, la dignidad logró trascender hasta otras materias sociales. Se debe entender como la base y condición de la persona, del eje del cual se desprenden todos los demás derechos.
Como ejercicio de un derecho, se destaca que muchos abogados formulan peticiones elaborando sus escritos ante autoridades competentes únicamente con los fundamentos contenidos en los artículos 1° y 8° de la Constitución. La dignidad y el derecho de solicitar. Por escrito y con respeto, evidentemente. Como ciudadano es el primer paso para solicitar información o un derecho a favor.
Para solicitar la intervención de la justicia de la Unión que brindan los órganos jurisdiccionales del Poder Judicial, es necesario motivar los actos u omisiones de una autoridad que se señalan como responsables de vulnerar o coartar la dignidad y derechos humanos que se reconocen la Constitución y diversos Tratados Internacionales, sustentándolos con pruebas bajo los procedimientos establecidos, a fin de restituir el goce de sus derechos y de su dignidad vulnerada. En caso de resultar procedente, se garantizará su cumplimiento. Resumidamente, es el trámite del Juicio protege los derechos humanos y sus garantías en México: el Amparo.
Es muy extenso tratar sobre la dignidad. Para restituirse no se requiere de la burocracia de las salas y de los escritos, sino en la práctica consciente del día a día. El mexicano se construye con la herencia de una gran cultura y con ejemplos vivos que contienden entre sí. Uno de ellos son las letras que perduran a través del tiempo, como los refranes: versos que nunca sucedieron y que siempre están pasando. Se preparan bajo el arraigo de la sabiduría colectiva y representan la forma de ser de un mexicano. Esa esencia, que es orgullosa y digna a la vez, se distingue en el famoso: «Más vale morir de pie que vivir de rodillas».
No es justo reducir a unas líneas los ideales de dignidad que han escrito los referentes culturales de nuestro país pero, seguramente, habrá una ocasión.
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