Respeto, admiración y deuda con las mujeres adultas mayores.
Por: Lucía Morales Herrera
Hay rostros que no necesitan discurso. Y cada vez que vemos a nuestras abuelitas, el corazón se nos estremece y si te detienes a conversar con ellas unos minutos, una conversación comienza llena de experiencias, emociones y pensamientos que te hacen regresar a otra época, a otros tiempos, a otras vidas. Algunas cosas buenas y otras no tanto.
En esta columna en donde tengo la oportunidad de escribir, quiero homenajearlas.
¡Hay un viejo dicho que dice, como te ves me vi, y como me ves te verás!…
Pero ellas nos ven diferente, nos ven libres, nos ven fuertes, nos ven plenas, nos ven en otros tiempos. Entre sus vidas y las nuestras hay una distancia de décadas, y no es solo tiempo, a pesar de eso, hay un hilo invisible que nos une: su lucha me trajo hasta aquí. Y aún siguen…
somos sus herederas.
Venimos de las abuelas que no supieron leer, pero que contaron los centavos para que nosotras sí fuéramos a la escuela. Algunas madres protectoras, antepusieron sus cuerpos, sus costumbres e idealizaron un mundo diferente para nosotras, y así venimos de las que aguantaron violencia, humillación y silencio, para que nosotras hoy pudiéramos decir «no». Venimos de las que caminaron kilómetros con el tercio de leña, para que nosotras hoy caminemos a una asamblea a exigir derechos.
Las mujeres adultas mayores de México son el archivo vivo muy vivo de la resistencia. Son las que guardaron la lengua cuando se burlaban de ellas por hablarla. Las que guardaron la semilla nativa cuando el gobierno quería venderles transgénicos. Las que sostuvieron la comunidad cuando los hombres migraron.
es momento de saldar esa deuda. No con lástima. Con justicia.
Respeto significa escucharlas, por qué cuando las escuchamos recordamos de dónde venimos y por qué vamos, y uno que otro consejo siempre es bienvenido. El amor de madre, generalmente es el más honesto, real, noble y verdadero.
Siempre hay algo que aprenderles, ellas saben de organización comunitaria más que cualquier manual. Saben de economía solidaria porque la practicaron toda la vida. Saben de cuidado del territorio porque son el territorio.
Hoy hablemos de una vejez digna, No es un favor.
Las mujeres adultas mayores merecen saber algo que quizá nadie les ha dicho: que su trabajo, su lucha y su sufrimiento sí tuvieron efecto. Que valió la pena. Que gracias a que ellas no se rindieron, hoy nosotras las más jóvenes podemos levantar la voz, podemos no pedir permiso para participar en política, podemos soñar con ser presidentas municipales, diputadas, gobernadoras.
Cada vez que una mujer joven habla en un micrófono, hay cientos de abuelas hablando a través de ella.
Por eso, cuando me abrazó con una linda abuelita y resivo su bendición, no hay sensación de abrazar a una extraña, es la sensación de abrazar mi historia, y tomar la estafeta que ellas han confiado pasarla.
Porque no venimos de la nada. Venimos de ellas. De sus cuerpos, de sus batallas de sus vidas, a ellas nos debemos.
Solo queda decir GRACIAS por ser y estar, y dar.
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