¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?
Jorge Barrientos
Mientras Volkswagen ajusta su plantilla, el SITIAVW se deslinda, negocia y parece mirar hacia otro lado
Un sindicato que guarda silencio cuando la empresa avanza no es un contrapeso. Es una comodidad para el patrón.
Y eso es precisamente lo que hoy deberían preguntarse los trabajadores de Volkswagen Puebla frente a la eliminación indefinida del tercer turno en las líneas de Jetta y Tiguan y la posible afectación para 786 empleados de la planta de Cuautlancingo.
De acuerdo con información atribuida a fuentes internas, 611 trabajadores con menor antigüedad serían separados, mientras otros 175 entrarían a un esquema de retiro voluntario.
Son cientos de familias frente a la incertidumbre.
Y frente a esa amenaza, la respuesta del Sindicato Independiente de Trabajadores de la Industria Automotriz Volkswagen (SITIAVW) ha sido, esencialmente, deslindarse: decir que no autorizó ni pactó despidos y que se trata de “acciones patronales”.
Pero eso no es defensa. Eso es quitarse la responsabilidad de encima.
Porque nadie eligió y paga cuotas a un sindicato para que, cuando llega la hora de defender el empleo, salga a explicar que la decisión fue de otro.
La pregunta no es si el sindicato firmó los despidos. La pregunta es qué hizo para impedirlos.
Y hasta ahora, para los trabajadores que podrían perder su fuente de ingreso, el deslinde sabe a muy poco.
Cuando la empresa manda y el sindicato se deslinda
Volkswagen hace lo que corresponde a una empresa: protege su producción, ajusta costos y reorganiza su operación ante un mercado complicado.
No sorprende.
Lo verdaderamente preocupante es que quien debería representar la fuerza organizada de los trabajadores parezca conformarse con aclarar que no fue parte de la decisión.
Entonces, ¿dónde estuvo la negociación para defender los puestos?
¿Dónde estuvo la presión sindical antes de que se anunciara la desaparición del tercer turno?
¿Dónde están las propuestas públicas para evitar que el ajuste recaiga sobre quienes menos antigüedad tienen, es decir, sobre los trabajadores más vulnerables ante un recorte?
Porque resulta demasiado cómodo aparecer después de la tormenta para decir: “nosotros no tuvimos nada que ver”.
Lo incómodo era enfrentarse antes a la empresa.
Lo difícil era negociar alternativas.
Lo que correspondía era defender el empleo con la misma energía con la que se defienden cuotas, posiciones y discursos.
Un sindicato no está para certificar que la empresa tiene derecho a tomar decisiones. Está para impedir que esas decisiones se traduzcan, sin resistencia, en trabajadores despedidos.
¿Negociación contractual o negociación para la empresa?
La contradicción es todavía más evidente porque el SITIAVW y Volkswagen se encuentran en plena revisión contractual.
Sobre la mesa existe una propuesta de 10.04 por ciento de incremento global, con 4.3 por ciento directo al salario y 5.74 por ciento en prestaciones económicas, que será votada el 11 de septiembre.
Y mientras se presume una negociación de incremento, cientos de trabajadores enfrentan la posibilidad de dejar de cobrar un salario porque simplemente podrían dejar de tener empleo.
¿De qué sirve celebrar un aumento para quien conserva su plaza si otros cientos pierden por completo el derecho a recibir una quincena?
Esa es la gran contradicción que el sindicato tendrá que explicar.
Porque el empleo no es una prestación adicional. Es la condición mínima para que existan todas las demás.
Primero se defiende el puesto. Después se negocia el porcentaje.
Pero aquí parece ocurrir lo contrario: mientras la empresa prepara un ajuste que amenaza a cientos de trabajadores, la discusión sindical sigue concentrada en los números de una revisión contractual.
Y para quien está en la lista de posibles bajas, el 10.04 por ciento no representa una conquista si su salario puede desaparecer por completo.
Un sindicato cómodo es el mejor negocio para la empresa
La empresa no necesita un sindicato que le aplauda. Le basta uno que no le estorbe.
Y un sindicato que no confronta, no presiona y no logra frenar —o al menos transparentar y negociar hasta las últimas consecuencias— decisiones que afectan a cientos de trabajadores, termina siendo funcional para quien tiene el poder económico.
No hace falta acusar acuerdos secretos para advertir algo evidente: cuando una organización sindical no consigue convertirse en un verdadero contrapeso, el beneficiado es quien tiene mayor capacidad de decisión.
Y en Volkswagen, esa capacidad la tiene la empresa.
Mientras la armadora decide cuántos turnos elimina y cuántos puestos desaparecen, el sindicato explica que no autorizó nada.
Una diferencia brutal.
Volkswagen decide.
El sindicato se deslinda.
Y los trabajadores pagan las consecuencias.
El silencio también representa una posición
El SITIAVW no puede esconderse detrás de una frase administrativa para evitar responder las preguntas de su propia base.
Sus agremiados tienen derecho a saber qué información recibió el sindicato, cuándo la recibió, qué acciones emprendió, qué alternativas propuso y hasta dónde está dispuesto a llegar para defender los puestos de trabajo.
Porque si sabía lo que venía y no pudo detenerlo, debe explicar por qué.
Y si no lo sabía, también debe explicar cómo una organización que representa a miles de trabajadores pudo enterarse de una decisión de semejante magnitud cuando el golpe ya estaba prácticamente sobre la mesa.
En cualquiera de los dos escenarios, el sindicato tiene una deuda de explicaciones.
Lo que no puede hacer es presentarse como espectador de un conflicto en el que, precisamente, debería ser uno de los principales protagonistas.
No se necesita un sindicato para levantar las manos
Los trabajadores no necesitan una dirigencia sindical que aparezca cuando todo está decidido para informar que no fue consultada.
Necesitan una representación que se adelante, cuestione, negocie, exija y, cuando sea necesario, incomode.
Porque para levantar las manos y dejar pasar una decisión empresarial no hace falta una estructura sindical.
Para defender el empleo, sí.
La posible salida de 611 trabajadores y el retiro de otros 175 debería haber encendido todas las alarmas dentro del SITIAVW.
No para construir un comunicado de deslinde.
Para construir una defensa.
Porque mientras el sindicato se ocupa de aclarar que los despidos no fueron autorizados por él, la pregunta que deberían hacerse cientos de trabajadores es mucho más brutal:
Si no pudieron impedir que nos sacaran, ¿entonces para qué sí están?Y esa pregunta no es un ataque contra el sindicalismo.
Es una exigencia al sindicalismo.
Porque la peor derrota de un sindicato no es perder una negociación.
La peor derrota es que sus propios trabajadores comiencen a sentir que, en una crisis, están más solos con su sindicato que frente a la empresa.
Y si al final Volkswagen reduce turnos, disminuye su plantilla, conserva el control de la decisión y el sindicato sólo logra decir que todo fue una “acción patronal”, habrá que decirlo sin rodeos:
el sindicato no defendió a los trabajadores como se esperaba; permitió que la empresa marcara el ritmo y luego intentó lavarse las manos frente a las consecuencias.
Porque un sindicato que sólo sirve para explicar por qué no pudo hacer nada termina siendo, en los hechos, más útil para la tranquilidad de la empresa que para la defensa de quienes dice representar.
Y nuevamente, aquí viene la gran pregunta, ¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?
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