La Paradoja en la Democracia y la Tolerancia

Hay algo profundamente democrático en permitir que incluso las ideas que nos incomodan puedan expresarse. Y hay algo profundamente peligroso en creer que, por el simple hecho de que una idea pueda expresarse, debemos tolerarla sin límites.

Ahí comienza una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Vivimos en una época en la que todos queremos ser escuchados. Todos exigimos respeto. Todos reclamamos tolerancia, empatía, inclusión, libertad y comprensión, pero cada vez parece más difícil escuchar al otro.

Queremos libertad para decir lo que pensamos, pero no siempre estamos dispuestos a permitir que alguien piense diferente.

Pedimos tolerancia para nuestras ideas y exigimos censura para las del adversario. Defendemos la libertad de expresión cuando nos favorece y buscamos silenciarla cuando nos incomoda.

Aquí deberíamos plantearnos:

¿Hasta dónde debe tolerar una democracia a quienes no creen en la tolerancia?

La pregunta no es teórica.

La historia ya demostró que una democracia puede permitir que sus propios enemigos utilicen sus libertades para llegar al poder.

Adolf Hitler no llegó al gobierno alemán destruyendo desde el primer día todas las instituciones. Su ascenso ocurrió en medio de una profunda crisis económica, social y política. En 1933 fue nombrado canciller de Alemania por el presidente Paul von Hindenburg, después de que el Partido Nazi se convirtiera en la fuerza política más votada en las elecciones parlamentarias de julio de 1932, con 37.3 por ciento de los votos, de acuerdo con los archivos históricos del Bundestag alemán.

La democracia no desapareció de un día para otro.

Primero, hubo elecciones. Después, propaganda. Después, miedo. Después, la eliminación gradual de los contrapesos. Y finalmente, la destrucción de la propia democracia.

El ejemplo de Hitler no sirve para afirmar que toda idea radical terminará necesariamente en una dictadura. Eso sería una simplificación absurda de la historia. Sirve para recordar algo mucho más incómodo:

Las democracias no siempre mueren cuando dejan de existir las elecciones. A veces empiezan a morir cuando quienes llegan al poder mediante las elecciones comienzan a destruir las reglas que les permitieron llegar.

Por eso el filósofo Karl Popper formuló la llamada paradoja de la tolerancia: una sociedad ilimitadamente tolerante puede terminar siendo destruida por los intolerantes.

La pregunta es qué hacemos con esa paradoja.

Porque una sociedad libre debe permitir la crítica. Debe permitir el desacuerdo. Debe tolerar ideas incómodas y, en muchos casos, ideas que la mayoría considera equivocadas. Pero tolerar una idea no significa estar obligado a aceptarla.

Respetar a una persona no significa respetar cualquier conducta, y permitir que alguien hable no significa renunciar al derecho de responderle.

El problema aparece cuando la tolerancia deja de ser una virtud y se convierte en una especie de obligación de aceptar todo. Incluso aquello que pretende eliminar la libertad de los demás.

Y quizá eso es lo que estamos viendo en muchos espacios de la vida pública: personas que reclaman tolerancia mientras son minoría, pero que, cuando tienen una posición de poder, consideran intolerable cualquier crítica, ¿les suena conocido últimamente?.

Mientras están fuera del gobierno, defienden la libertad de expresión. Cuando gobiernan, llaman desinformación a toda crítica o argumentan que tienen “otros datos”. Mientras son oposición, exigen pluralidad. Cuando tienen mayoría, consideran que cuestionarlos es un ataque a la democracia y la soberanía. Mientras son minoría, piden que sus derechos sean respetados. Cuando tienen capacidad de imponer, olvidan que también existen derechos del otro. No es un fenómeno exclusivo de una ideología, es una tentación del poder.

El problema es que todos podemos defender la tolerancia cuando no tenemos capacidad para imponer nuestra voluntad y la verdadera prueba de la tolerancia comienza cuando podemos hacerlo.

Pero la democracia tiene otra contradicción que quizá incomoda todavía más.

En una democracia, el voto de todos vale lo mismo.

El voto de una persona con doctorado vale lo mismo que el de una persona que nunca tuvo la oportunidad de terminar ni la primaria. El voto de un empresario vale lo mismo que el de un pequeño campesino. El voto de un profesor universitario vale lo mismo que el de una persona que no sabe leer ni escribir.

Y debe ser así. Porque el voto no es un premio por tener títulos académicos. Tener una licenciatura no convierte automáticamente a alguien en una persona inteligente, en un genio o en un “as” del conocimiento. Tener un doctorado tampoco convierte a nadie en moralmente superior. Y carecer de educación formal no significa carecer de inteligencia, experiencia o capacidad para entender y resolver los problemas de una comunidad.

La democracia no puede convertirse en un examen de admisión al poder.

Pero hay una diferencia entre defender la igualdad política y fingir que todas las decisiones electorales se toman con el mismo nivel de información. Y ahí está el verdadero problema.

No es que todos voten. Es que muchas personas votan sin conocer realmente a los candidatos. Es que otras votan a partir de información falsa. Es que algunas deciden su voto por una promesa imposible. Y es que, en demasiados lugares, la necesidad económica puede convertirse en una herramienta de control electoral.

No se trata únicamente de que los ciudadanos desconfíen de la política. Se trata de que la política, en muchos casos, ha contribuido a que los ciudadanos desconfíen de ella. Por eso, deberíamos analizarnos como sociedad en lo siguiente:

¿Qué tan libre es un voto cuando la necesidad de una persona puede ser utilizada para comprar su voluntad?

Una despensa puede ser fundamental para una familia. Un tinaco puede resolver un problema real. Un calentador solar puede representar un ahorro importante. Un apoyo económico puede significar comida, medicinas o transporte.

El problema no es que una persona necesite ayuda. El problema aparece cuando alguien convierte esa necesidad en una condición política.

Cuando el mensaje deja de ser: “Este apoyo es un derecho”, y se convierte en: “Este apoyo existe porque nosotros estamos aquí”.

La democracia no se debilita porque una persona pobre vote, se debilita cuando la pobreza se convierte en el mecanismo mediante el cual se compra su decisión. Y no debemos confundir la crítica a la compra o coacción del voto con desprecio hacia quienes reciben apoyos.

Una persona que acepta una ayuda no es necesariamente corrupta, muchas veces simplemente está intentando resolver una necesidad. La responsabilidad debe dirigirse hacia quien utiliza esa necesidad para obtener poder. Porque el voto puede ser secreto, pero la dependencia no siempre lo es.

También existe otra forma de manipular una elección. No necesita dinero, no necesita una despensa, no necesita un tinaco, necesita únicamente información.

En 2024, de acuerdo con el informe Digital News Report del Reuters Institute for the Study of Journalism, 39 por ciento de las personas encuestadas a nivel global declaró que a veces o con frecuencia evita las noticias porque le resultan deprimentes, agotadoras o demasiado conflictivas.

Vivimos rodeados de información, pero eso no significa que estemos mejor informados.

Hoy cualquier persona puede recibir en su teléfono, durante el mismo día, una noticia verdadera, una opinión disfrazada de noticia, una mentira deliberada, un video manipulado o una publicación diseñada únicamente para provocar enojo. Y todo puede visualizarse con la misma apariencia.

El problema es que la democracia necesita ciudadanos libres para decidir, pero también necesita ciudadanos capaces de distinguir. Una persona puede votar libremente después de haber sido engañada y, en términos estrictamente legales, su voto seguirá siendo libre.

Pero una democracia en la que millones de personas toman decisiones políticas a partir de mentiras sistemáticamente fabricadas tiene un problema mucho más profundo que la simple desinformación, tiene un problema de libertad, porque la libertad de elegir pierde parte de su sentido cuando la realidad que utilizamos para elegir ha sido manipulada. Por eso la democracia no puede consistir únicamente en depositar una boleta en una urna cada tres o seis años.

La democracia también requiere instituciones capaces de vigilar el poder, medios capaces de investigar, ciudadanos capaces de cuestionar y una sociedad suficientemente madura para entender que la crítica no es una agresión.

La democracia no necesita ciudadanos que estén de acuerdo con todo, necesita ciudadanos que puedan estar en desacuerdo sin querer destruir al que piensa diferente.

Tal vez hemos confundido el significado de la tolerancia. Tolerar no significa aceptar que todo está bien, respetar no significa renunciar a nuestras convicciones, escuchar no significa obedecer y ser democrático no significa permitir que cualquier persona destruya las reglas democráticas sin que nadie pueda defenderlas.

Una democracia tiene derecho a defenderse. La pregunta es quién debe decidir qué ideas son peligrosas. Y ahí está el riesgo, porque el poder también puede utilizar la defensa de la democracia como pretexto para censurar a sus adversarios. Por eso la respuesta no puede ser darle a un gobierno la autoridad absoluta para decidir quién puede hablar y quién no.

La solución tampoco puede ser permitirlo todo. Una democracia necesita límites, pero también necesita contrapesos. Necesita libertad, pero también responsabilidad. Necesita tolerancia, pero no ingenuidad. Necesita elecciones, pero también elecciones en las que la voluntad ciudadana no sea comprada, coaccionada ni fabricada mediante la mentira.

Quizá la democracia no está en peligro únicamente cuando alguien quiere eliminar las elecciones. También puede estarlo cuando las elecciones siguen existiendo, pero el ciudadano ya no puede distinguir entre una decisión libre y una decisión manipulada.

Cuando la necesidad pesa más que la conciencia. Cuando la propaganda pesa más que la información. Cuando el miedo pesa más que la razón. Cuando la mayoría utiliza su número para considerar que la mayoría siempre tiene la razón. Y cuando quienes llegan al poder mediante la tolerancia comienzan a considerar intolerable cualquier voz que los cuestione.

La democracia no es perfecta, nunca lo ha sido, pero quizá el problema no es exigirle perfección, el problema es dejar de hacerle preguntas. Una democracia que ya no soporta la crítica empieza a parecerse demasiado a aquello que dice combatir.

Y, al final, la pregunta más importante no debería ser únicamente:

¿Por quién vas a votar?

Tal vez deberíamos preguntarnos algo más incómodo:

¿Qué tan libre es realmente nuestra decisión cuando alguien puede comprar nuestra necesidad, manipular nuestra información y después pedirnos que llamemos democracia a cualquier resultado que salga de las urnas?

Porque una democracia no se defiende solamente votando, también se defiende cuestionando al poder. Incluso cuando el poder llegó al gobierno con nuestros propios votos y con el mismo sistema electoral del que se queja hoy día.

Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial