Por José Alfredo Ramírez Orduña
El entretenimiento se encuentra en la etapa final de una transición que se ha desarrollado durante varias décadas. La televisión en México y Estados Unidos ha dejado de ser exclusivamente un fenómeno masivo regido por unas cuantas líneas editoriales, para convertirse en un ecosistema diverso, digital y multiplataforma.
Hoy, el streaming y las redes sociales dominan la conversación cultural, mientras la televisión abierta y los grandes eventos siguen siendo pilares indiscutidos de la audiencia y, evidentemente, de la economía.
El espectáculo como fenómeno social
Son muy pocos los eventos capaces de alcanzar una trascendencia semejante a las competencias deportivas potenciadas por el factor comercial y la mercadotecnia.
El podio de la audiencia televisiva estadounidense está conformado por tres ediciones del Super Bowl (LIX, LX y LVIII), que han superado hitos históricos como la llegada de la nave espacial Apollo XI a la Luna en 1969, la renuncia del presidente Richard Nixon en 1974 y el debate presidencial de Donald Trump y Hillary Clinton en 2016.
Es notable el auge de la publicidad segmentada y del prime time en Estados Unidos, donde el entretenimiento ha dejado de ser únicamente una forma de ocio para convertirse en una de las industrias más poderosas del planeta.
Pocos fenómenos tienen la capacidad de unir a millones de personas frente a una pantalla como lo hace el deporte convertido en espectáculo.
La identidad latinoamericana frente a las pantallas
La construcción de la identidad colectiva latinoamericana tiene muchos matices y sería arriesgado afirmar si existe una evolución o una involución de ella. Lo que sí es evidente es que se encuentra en un cambio constante.
En ese sentido, una de sus principales influencias proviene de las actividades recreativas que realizamos durante nuestros momentos de descanso y dispersión; aquellas acciones que no nos exigen salir de un estado natural y relajado, en el que somos más receptivos a nuevas ideas.
Durante la hegemonía televisiva de los eventos deportivos y los noticieros en la segunda mitad del siglo XX, México exportó telenovelas y programas de entretenimiento a más de 180 países, mostrando un rostro más humano y cercano de nuestra cultura.
Sin embargo, también hemos incorporado aquello que vemos en las pantallas a nuestras conversaciones, costumbres y formas de crianza, muchas veces sin tener plena conciencia de lo que buscamos y, mucho menos, de lo que realmente necesitamos.
La televisión y las plataformas digitales no sólo entretienen: también moldean nuestra forma de pensar y de entender el mundo.
La economía de la atención
Si bien la televisión abierta continúa concentrando cerca del 35% de la inversión publicitaria, el arribo de Internet transformó la vida como la conocíamos.
La progresión de las redes sociales y las plataformas de streaming continúa creciendo en número de suscriptores y en tiempo de consumo. Hemos migrado de una pantalla a otra por simple ocio, consolidando nuevos monopolios mediáticos que se alimentan del recurso más escaso que poseemos:
Nuestra atención.
Nos encontramos frente a un auténtico punto de quiebre. Nunca antes había existido una diversidad tan amplia de contenidos ni una facilidad tan grande para acceder a ellos.
La historia demuestra su importancia mientras existan personas que la recuerden y aprendan de ella. La identidad de las naciones se forja en el subconsciente colectivo de la memoria: con errores y aciertos, con hazañas y tragedias; como consecuencia natural de las interacciones sociales.
Alimentar la mente
El impacto cultural de las redes sociales y de los medios informativos es una realidad. Se encuentra completamente inmerso en nuestras actividades cotidianas, al grado de que resulta imposible regresar al estado en el que nos encontrábamos antes de la revolución digital.
Si existe prudencia y moderación respecto a lo que consumimos para alimentar nuestro cuerpo, debería existir la misma congruencia respecto a aquello con lo que alimentamos nuestra mente.
Las pantallas cambiaron nuestra manera de entretenernos; ahora el desafío es evitar que también determinen, por completo, nuestra manera de pensar.
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